martes, 25 de diciembre de 2012

Tulia, la reina del Príncipe

En el corazón de Bucaramanga hay un hotel que no sólo es el más antiguo, sino que es de los más recordados por sus huéspedes y comensales, quienes lo siguen frecuentando en busca de su propietaria, una matrona sin pelos en la lengua que a  punta de tenacidad sacó adelante esta empresa.



Desde agentes viajeros como Gabriel Flórez hasta ex presidentes de la Corte Suprema de Justicia como Jorge Castillo Rugeles, no cambian por nada del mundo el hígado encebollado que prepara doña Tulia, alma y nervio del hotel Príncipe de Bucaramanga.
Ellos la conocen hace más de cuatro décadas y siguen apostándole a la sazón y acogida que encuentran en el número 37-69 de la carrera 17.
Y es que a sus 89 años de edad (2009), doña Tulia Fajardo no sólo es una institución en el sector hotelero de esta villa, sino que ha sido testigo de excepción de la vida de una ciudad que a pesar del desarrollo urbanístico se niega a borrar de su mente este hotel que tiene más de 70 años de tradición.
Además, por sus manos y ojos ha pasado un capítulo no contado de la sociedad santandereana conservadora -léase mojigata- las más de las veces.
Sin contemplaciones ni superficialidades, doña Tulia accedió durante dos horas y media a abrirnos su hogar y escarbar en el baúl de los recuerdos, pese a que dos de sus hijos -Joaquín y Laura- mostraran cara de angustia cada vez que de sus labios salía una impertinencia, como la de recordar que de muy niña llegó de Socorro a Bucaramanga y su mamá los sacó adelante vendiendo sancocho.
Con un humor cáustico, que provocaría estupor en una de esas damas recatadas que en cada misa se confiesan para que su marido no sospeche que les son infieles, doña Tulia afirma que después de su esposo Pedro José Bretón Ruiz, perdió la cuenta de los hombres con los que ha compartido los momentos bellos de su existencia.


Instantes que contrastan con toda una vida dedicada al trabajo, porque desde hace 50 años y hasta el sol de hoy doña Tulia es quien hace la lista del mercado, revisa los ingredientes, los porciona y como si esto fuera poco, supervisa desde su silla de ruedas el trato que el personal les dispensa a sus visitantes habituales.
En esa lista de miles de santandereanos, colombianos y extranjeros que han pernoctado o se han alimentado en el Príncipe se incluyen desde adinerados comerciantes locales que encontraban allí su trinchera después de una discusión con su esposa o un refugio cuando se ‘echaban una cana al aire’, hasta los ingenieros de carreteras y petroleras alemanes y estadounidenses que han jalonado el progreso de esta región, dejando de paso sus dólares y uno que otro heredero no reconocido.
Mientras reposa una sopa de auyama que le han servido y le coquetea a una copa de vino puesta para la ocasión en una copa de cristal de murano, doña Tulia se remite al año 1937 cuando un inmigrante polaco llamado Mario Clopatovsky construyó la casona de tres patios de propiedad de Alfredo García Cadena ubicada en la calle 37 entre 16 y 17 de Bucaramanga, en la que funcionaría la Federación de Empleados, la cual terminó convirtiéndose en un hotel de 24 habitaciones en el que el esposo de doña Tulia puso sus ojos y terminó adquiriéndolo.
Era la época del boom del oro negro en Barrancabermeja y por Bucaramanga pasaban muchos ‘gringos’ que dormían y comían en el Príncipe. “Luego a Pedro -su esposo- se le paralizó el corazoncito de tanto quererme” y doña Tulia asumió las riendas en 1959. El Príncipe funcionó en ese lugar durante 30 años hasta 1978 y ella rememora que el hospedaje con desayuno, almuerzo y comida tenía un precio de 200 pesos, con derecho a cómoda, mesa de noche, una bombilla colgada de un benjamín y baño, parte de tres habitaciones con entrada independiente  y el sector de ocho habitaciones del llamado “Barrio obrero”, porque allí era más económica la tarifa y sólo disponían de cuatro baños con ducha.
Los otros hoteles que había eran el Rosedal, Granada, Savoy y Bucarica, los primeros que no le daban por los talones y el último de más pergaminos. “El Príncipe siempre ha tenido buen nombre y hemos mantenido el estilo y el ambiente. Tenía el don de que todo el mundo me buscaba…”.


Huéspedes entre los que no faltaba el que le echaba el ojo, pero “yo me hacía la que miraba para otro lado. De eso me cuidaba porque dígame, con tres hijos ¿quién me los iba a querer?”.
“Nací para servir. No soy educada en nivel alto y no sé sino sumar, restar y multiplicar”, advierte.
La escuela la adquirió viendo y analizando a sus clientes. “Cariño, respeto y que sientan que no es en vano lo que han pagado por el servicio”, dice al referirse a los que considera son los factores que la han distinguido.
Hasta que un día el dueño de la casa “me dijo que me arrendaba el comedor para que sancochara yuca, porque quería que le desocupara para él asumir la administración”.
A ella, que iba con frecuencia a misa en San Laureano, se ‘le calentó la lengua’. Con los ahorros que tenía y la asesoría del abogado Domingo Arenas, así como de su contador y confidente Abraham Serrano que la tranquilizaba, doña Tulia salió a buscar un lugar a dónde trasladarse y que estuviera cerca de la Cacharrería Mundial y el Colegio La Presentación. Fue como dio con la casona de una familia Ordoñez, la que compró, demolió y allí construyó la sede de un hotel de tres pisos y 47 habitaciones.
Con 30 comensales fijos en su inventario, doña Tulia abrió toldo aparte. Madrugaba a hacer mercado a la plaza del Centro para que los meseros sirvieran al estilo italiano, con primero y segundo plato en la cantidad que el cliente solicitara, siempre precedidos de una porción de fruta o jugo y luego la sopa.
Ruyas, ajiaco, mute, sopa de patacón o de guineo, sancocho con carne de cerdo, chanfaina,ensalada, arroz, pescado, sobrebarriga, carne asada, espagueti, torta, cidra rayada, cascos de limón, dulce de apio o de guayaba… un menú variado en el que doña Tulia sabía que si servía yuca no debía sumarle arroz, por aquello de las dos harinas.


"En la cocina hay que saber hasta poner la olla”, aconseja y por eso dice que algunos de los secretos de su hígado encebollado -a la rusa- son la salsa negra con mostaza, una pastilla de Knorr, perejil, queso y… mucho cariño.
“La gente era muy comilona y tomatrago, porque había semanas que se vendían hasta siete cajas de aguardiente Superior. Venía mucho viajero antioqueño, pero todos se portaban bien conmigo porque yo los manejaba con el dedo y se hacía lo que yo dijera, así que la última botella era por cuenta mía pero tenían que irse a dormir o pa’fuera”, recuerda.
Al regreso de misa de seis de la mañana, doña Tulia se paraba frente a la Permanente de la calle 37 con 12, donde ponía la cara por sus huéspedes y hasta les prestaba dinero para salir de las ‘culebras’.
Desde esas épocas en que le anunciaban la visita con un telegrama que decía “Mañana esa doña Tulita”, ella no olvida nombres de políticos en campaña, alcaldes, gobernadores, empresarios, gerentes, abogados, toreros, futbolistas y personalidades como Los Tolimenses, ‘Campitos’ y el propio Manuel Serrano Blanco.
“Los consentía demasiado. Era una alcahueta y cuando peleaban con sus mujeres, los consolaba, les daba su aguardiente doble y que durmieran”, manifiesta.
También tiene en su mente a los alemanes de la Morrison-Knudsen, alguno de los cuales dejó ver por descuido en su brazo el tatuaje de la SS, insignia exclusiva de los exterminadores al servicio de Adolfo Hitler.
Por las buenas
“El trabajo es vida y estando en la cocina no me duele nada. Yo le hago falta a la humanidad; no a los hijos porque ya están grandes y se defienden solos”, afirma y se aplica otra copa de vino.
En diciembre doña Tulia se toma cinco tragos de güisqui y con eso queda arreglada. Risueña siempre, dice que vive con Dios a toda hora porque nada sacaría con ser piadosa y rezar el rosario, “si viene un viejo muerto de hambre y uno no le da nada ni un plato de sopa”.
No piensa en la hora de la muerte, pero ya se adelantó con la hechura del testamento.  “Para que no se vayan a quedar tan bravos, ¡todo queda repartidito!”, señala.
Tampoco teme por el futuro del Príncipe. “El negocio está hecho. ¿Qué tal que yo le dejara a usted esta jodita libre, caminando y con tanta tradición? Ya es cuestión de mis hijos”, recalca mirando a los dos presentes, Laura que está al frente del Príncipe, y Joaquín, quien además de haber cometido un laberinto de novela llamada “Derrota victoriosa”, ha sacado adelante el hotel “De siempre”, construido en el lote siguiente e interconectado para que los comensales puedan disfrutar las delicias de doña Tulia. También está presente su nieto Luis Carlos Sarmiento (homónimo del banquero), que estudió ingeniería industrial y se especializó en administración de negocios.
El dinero -que le gusta- ya no le afana, y de vez en cuando sus hijos la critican “porque dizque regalo la plata, pero si tengo 20 pesos y usted tiene hambre, ¿no le puedo regalar algo?”. Aparte de su cama y su silla de ruedas, no ambiciona más propiedades terrenales y tiene claro que a estas alturas del partido hace las cosas sin interés, como cuando les fiaba la comida a profesores de la UIS y a otros clientes para cuando le pudieran pagar.
Mientras tanto, seguirá despertándose a las cuatro de la madrugada de cada jornada a la espera de que alguien la ayude a pasar a la silla de ruedas, para seguir dando ‘lora’. Desde ya sueña con el gran almuerzo que sirve cada Navidad, con brandy incluido, y un plato especial que puede ser un mute bien cargado, un pernil al horno o una cazuela de mariscos, no sin antes arreglarse y maquillarse como en sus tiempos mozos en que sus fotos eran confundidas con las de alguna actriz de Hollywood recortada de una revista Life y mandada a enmarcar.
Uno de sus empleados de vez en cuando la saca a pasear y así contrasta el desarrollo de unos sectores y el abandono de otros, en una ciudad a la que vino cuando la carretera de Socorro no llegaba hasta Bucaramanga y “tocaba pasar a pata por Jordán Sube y la Mesa de los Santos”.
Ya no le queda sino una hermana de la que dice, en tono jocoso, que se quedó soltera y está enferma “por falta de uso y yo desgastada por mucho uso”.
Nunca supo quién fue su papá, pero está segura que no fue el Espíritu Santo, así que ese capítulo lo cerró hace mucho tiempo, como no la gratitud hacia su mamá, que la levantó con muchas dificultades.
Su gran satisfacción es haberle servido a tanta gente y haber criado a sus hijos. No conoció Medellín ni Bogotá, pero sí Zapatoca, a donde iba en avioneta a visitarlos no sin antes encargársele a cuanto ángel venía a su cabeza al paso por el Chicamocha.
Rencores ninguno. Ni siquiera con los médicos que hace tres años, después de rodar por las escaleras, la operaron y en ese momento una bacteria la dejó inmóvil para el resto de sus días.
Su compañía son la lectura, algo de música instrumental, un canal religioso de televisión y la Biblia, que le da la alegría para seguir tomándose la vida con la mejor cara.
“No soy ni muy buena ni muy mala”, dice esta ‘joven’ con nueve décadas a sus espaldas, quien aún guarda con celo la caja roja con cheques chimbos y vales que no pudo hacer efectivos y por supuesto las dos maletas con ropa de un abogado de apellido Correa -olvidó el nombre- que se las dejó hace muchos años y hasta hoy no ha regresado a cancelar la cuenta.
Su consejo para los jóvenes es que estudien y que sean humildes, que no se quejen del primer sueldo que reciban y que mucho menos se gasten lo que no han ganado. “Están chiflados si piensan que porque terminaron una carrera ya deben ganarse una millonada. Hay que trabajar con amor, respeto y ayudar a los demás”, concluye.
Y se retira al reencuentro con Gabriel Flórez, su cliente de 77 años de edad que volvió a visitarla para recordar aquellos tiempos de agente viajero de una textilera de Manizales. Épocas en las que cuando no le alcanzaba para pagar la pensión de sus hijos o el arriendo, doña Tulia le prestaba a una tasa del cero por ciento.
Más tarde irá a saludar a Ramón Franco y luego a Alba Lucía Ramírez, quienes -entre tantos huéspedes- se amañan tanto en el Príncipe que desde hace dos y seis años, respectivamente, lo convirtieron en su casa.

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