Una bicicleta y la música de Los Beatles propiciaron esta historia de amor en la que los protagonistas son un trotamundos francés y una santandereana que del Páramo de Berlín alzó vuelo y hoy es doctora en Psicología.
Todo empezó cuando Daniel Delpont y su amigo Pierre
Marie Courtial tomaron en sus manos un mapamundi y se pusieron de acuerdo en
que su próximo destino para recorrer en bicicleta sería Suramérica, empezando
por Venezuela y concluyendo en Ushuaia, el lugar más remoto de La Patagonia (Argentina).
Estaban antojados por tratar a las gentes de
estos parajes y atravesar la cordillera de los Andes. Su paseo por Bolivia y
Chile, incluido el desierto de Atacama -el lugar más seco del planeta-, así
como la lectura de un libro de aventuras de Tintín en el imperio inca, los
habían dejado ‘picados’ desde 1990.
Una nueva expedición hasta ‘el fin del mundo’
para la que Daniel y Pierre Marie -sin saber decir ni papa en español- juntaron
sus ahorros y alistaron sus ‘caballitos’ de acero marca Giant, carpa, bolsa de
dormir, olleta, cantimploras, herramientas y ropa para devorar con 35 kilos
adicionales cada uno durante un año 17.100 kilómetros de recorrido.
Pero no habían aterrizado en el aeropuerto de Maiquetía
el 15 de enero de 1993, cuando ya sufrirían el primer revés: dos atracadores
los despojaron de sus cámaras y dinero en la escalada hacia los tugurios de
Caracas. Sin embargo, este incidente no los hizo desfallecer y continuaron su
ruta hacia la frontera con Colombia durante tres semanas. Allí les dijeron que
estaban locos si pretendían adentrarse en Colombia y que era mejor tomar un
avión hasta Ecuador, pero “para nosotros no pasar por este país no tenía
sentido”, dice Daniel.
En Mérida recibieron una advertencia concreta:
por ningún motivo el cónsul les recomendaba enfilarse hacia la Sierra Nevada
del Cocuy, en esa época bajo el control de la guerrilla. A cambio, les sugirió la
ruta Pamplona-Bucaramanga-Bogotá. También les pidió que por ninguna razón se
desplazaran de noche.
Resignados, Daniel y Pierre Marie llegaron
hasta la ciudad universitaria donde notaron que la extensión y topografía del
tramo hasta la capital santandereana implicaban un esfuerzo sobrenatural que
atentaría contra sus fuerzas apenas empezando la expedición. La distancia
superaba los 60 kilómetros por día que se habían fijado como promedio, pensando
también en disfrutar los paisajes y tomar todas las diapositivas que se les
ocurrieran.
Optaron entonces por buscar en el mapa un
punto intermedio y allí fue que apareció el Páramo de Berlín, donde en ese
momento como ahora no hay hoteles. Así que después de indagar en las tiendas por
un lugar para pasar la noche, se toparon con la “Casa Vieja”, donde las
profesoras del colegio habían acondicionado un par de habitaciones para los
esporádicos visitantes.
Eran las 4:45 de la tarde cuando Daniel golpeó
a la puerta y quien le abrió fue Liliana Rico, la hija de la directora. En su
incipiente castellano le preguntaron a esta colegiala que acababa de terminar
el bachillerato si podrían disponer de un cuarto para pasar la noche y guardar
sus bicicletas.
En el patio de la casona, acompañados por la
música del grupo rebelde de Liverpool que de casualidad estaba sonando, Daniel,
Pierre Marie y Liliana se sentaron a charlar al calor de una aguadepanela.
Hablaron de todo durante cinco horas, desprevenidamente, sin sospechar lo que
ocurriría un año más tarde.
A Liliana le quedó sonando la idea del viaje,
pero no había más remedio que dar por cancelada la velada debido a que unos y
otros tenían que madrugar al día siguiente. Daniel le dijo que si quería
conservar la amistad, él le entregaría la lista de los contactos que en cada
país tenían para que desde Francia les enviaran los giros, rollos y repuestos
durante el descenso hasta la Argentina, así Liliana podría escribirles y ellos
responderle.
En Ipiales, Daniel le despachó una postal
reportándole que terminaban con éxito el viaje por este país y que les
esperaban las etapas de Ecuador, luego el Perú con Lima, los nevados, Cusco y
Machu Pichu, después Bolivia, Chile y Argentina.
En Quito, Daniel revisó la correspondencia y
no encontró ningún mensaje de Colombia, menos de Liliana, así que pensó que ese
capítulo estaba clausurado. No obstante, desde Buenos Aires le mandó otra
postal, pero tampoco obtuvo respuesta.
Sin embargo, Daniel y Pierre Marie le habían
prometido a Liliana y a todas las personas que conocieron en la ruta, que una
vez retornaran a Francia sacarían copias de las fotos y se las harían llegar -como
hace todo turista-, pero ellos sí estaban dispuestos a cumplir.
Una vez en Toulusse (sur de Francia)
prepararon 35 paquetes con fotografías, una carta de agradecimiento y una
postal en Ushuaia, para demostrar a sus amigos que sí habían logrado su
cometido el 12 de enero de 1994.
Liliana, que en todo ese tiempo no les
respondió porque sin quererlo extravió el papel de los contactos en los otros
países, finalmente recibió la remesa en febrero de ese año. Allí estaba la foto
que Pierre Marie les tomó a los dos, sentados en la ‘Casa Vieja’ de Berlín:
ella con cara de timidez, él con semblante de extraterrestre.
“Qué pena con ustedes. Se me perdió el papel,
pero por fortuna tengo ahora sus direcciones”, decía la primera carta de
Liliana, con la que iniciaron un intercambio de mensajes más frecuente,
descubriendo que compartían muchas ideas y anhelos.
Hasta que en una de esas hojas amarillas de block, Liliana dibujó una flor y un
corazoncito, con lo que Daniel corroboró que las flechas de Cupido iban en
doble vía. La alegría se apoderó de ambos, así tuvieran que esperar las dos
semanas que tardaba el servicio postal entre América y Europa.
De las 35 cartas, únicamente les respondieron
un sacerdote en Ecuador, un médico en Perú y una antropóloga en La Patagonia. Y
Liliana, lo cual les cambiaría la vida por completo.
Un día de junio de 1994, Daniel se lanzó al
ruedo: “Bucaramanga no queda en las estrellas. Así que si quieres, me subo a un
avión y al día siguiente estaré por allá”, le dijo. Anuncio que se hizo
realidad el 1 de diciembre de ese año, cuando Daniel aterrizó en Palonegro y
allí estaban Liliana y su hermana esperándolo con ansias locas.
El reencuentro se produjo en el apartamento de
Bucarica, donde Daniel pasó una semana con toda la familia, hasta que alistó su
mochila y se fue a cumplir el sueño de ascender hasta el Púlpito del Diablo, en
el Cocuy.
El primer beso fue en la noche de Navidad,
cuando con la excusa de ir a la tienda, Daniel no soportó más, la abrazó y
juntaron sus labios como dos adolescentes que prueban las mieles del amor. No
le dijo que mirara hacia el infinito, pero sí se quedó observándola fijamente y
le estampó el beso.
A estas alturas Liliana iniciaba sus estudios
de Psicología en Bucaramanga, pero sus encuentros con Freud no le sirvieron de
mucho para oponerse a la propuesta que le hacía Daniel: “Me parece que lo
mejor, es que en las próximas vacaciones vengas a conocer mi familia y de paso
a Francia”.
En diciembre de 1995, Liliana, con el permiso
de la mamá, desempacó maletas en la pequeña localidad de Castres, a 75
kilómetros de Toulusse, en la casa de los padres de Daniel que reaccionaron el
uno con dicha y ella con reservas.
Durante un mes y medio, en pleno invierno, la
llevó a conocer la ‘Ciudad Luz’ y el Mediterráneo, y tuvieron tiempo para
esbozar el futuro, con el aliciente de que Liliana podría continuar sus
estudios en ese país, siempre y cuando mejorara el francés que había balbuceado
en Bucaramanga.
La suerte estaba echada y en marzo de 1996,
Liliana fue al grano: “¿Quieres casarte conmigo?”. Y Daniel, que estaba ansioso
por responder, no dudó un segundo y le dio el sí.
En el verano de ese año, el 29 de junio para
más señas, Daniel y Liliana cuadraron las vacaciones y subieron al altar de la
iglesia de El Espíritu Santo (barrio El Jardín), acompañados de su padrino,
Pierre Marie, quien después del matrimonio se subió a la bicicleta que había
traído para darle una vuelta a Santander durante tres semanas.
Casi 16 años después de su primer encuentro,
Daniel y Liliana habitan una cómoda casa campestre en Moulayres. Él se hace cargo de los 25 parques
y campos de deporte (rugby) de la ciudad. Ella no sólo concluyó con éxitos sus
estudios de pregrado en la Universidad Paul Valery de Montpellier, sino que
cursó un doctorado en Psicología Cognitiva, y desde 2007 investiga y enseña en
la Universidad París VIII Saint Denis, a unas cuadras del mítico estadio de
fútbol. De las dos familias es quien más ha escalado en la vida profesional.
Atrás quedaron los días en que Liliana debía
grabar las clases en francés para después llegar a casa y permanecer hasta
altas horas de la noche descifrando un idioma extraño al oído de alguien criado
en un remoto paraje de América llamado Berlín.
Pero ahora no están solos. Desde el 9 de
agosto de 2008 les acompaña Maya Louna Delpont Rico, una pequeña que debe su
nombre a la cultura centroamericana y al astro que orbita la Tierra. La suegra
de Liliana pronto cambió de parecer y hoy no se cambia por nadie.
En el rincón del garaje permanece en buen
estado la bicicleta con la que Daniel recorrió Suramérica y, sin estarlo
buscando, encontró a la mujer con la que comparten felices, comiendo perdices y
hormigas culonas, tomando champaña o sabajón, pero aún escuchando Let It Be con la misma magia del
instante en que el destino cruzó sus caminos.
“Una historia linda”, resume Daniel; “de un
amor profundo”, complementa Liliana, dando por terminado este viaje por la
memoria.
El día en que a Maya Louna le de por volver a
inflar las llantas de la bicicleta de su padre y les diga que se va a recorrer
el mundo, Daniel le dirá: “Hija, en la vida hay que hacer lo que nos guste y
nos dicte el corazón. ¡Buen viaje!”.
Liliana Rico y Daniel Delpont el día de 1993
que se conocieron en el Páramo de Berlín, cuando iniciaba el recorrido en
bicicleta por Suramérica. No tenían la más remota idea de que más tarde se
enamorarían y conformarían un hogar feliz.
Dieciséis años después (2009) de la aventura
Venezuela-Argentina en bicicleta, localicé en bajos de Ruitoque al
francés Daniel Delpont, de 54 años de edad, y a la colombiana Liliana Rico (de
34), más enamorados que nunca y dichosos de haber traído al mundo a Maya Louna,
quien pasó sus primeras vacaciones en Colombia.
En su aventura de 17.100 kilómetros por
Suramérica, Pierre Marie Courtial y Daniel Delpont visitaron lugares
inolvidables como Machu Pichu (Perú) -en la foto- o Moniquirá (Boyacá), lugar
del que conservan el aroma de los bocadillos y las estampas de las marchantas
cargadas de alpargatas y canastos.
Un año tardaron en llegar de Caracas a
Ushuaia, en la Patagonia argentina, Pierre Marie Courtial y Daniel Delpont.
Gastaron unos 7.000 euros de hoy (cerca de 20 millones de pesos), seis pares de
ruedas, cientos de litros de agua y tomaron miles de fotografías
(diapositivas), que luego convirtieron en un documental.
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