domingo, 16 de diciembre de 2012

En tren a la Catedral de Sal de Zipaquirá




Un plan de vacaciones para quienes están aburridos del encierro o quieren librarse del vallenato. En Zipaquirá está este tesoro al que cada año acuden más de 800 mil turistas nacionales y extranjeros.


A Bogotá, 15 kilómetros. A La Caro, 19 kilómetros. A Barbosa, 212 kilómetros. A Sogamoso, 241 kilómetros.

Al menos eso es lo que reza el cartel pegado en la fachada de la Estación de Usaquén, un sobreviviente de la clásica Santa Fe que cada día es absorbido por hoteles cinco estrellas, centros comerciales y edificios de oficinas, como el de 20 pisos y fachada de vidrio que está cruzando la carrilera.

Es domingo y lo que hasta antes de las ocho de la mañana era un sitio solitario, custodiado por un vigilante y una virgen atada a un candado, empieza a llenarse de turistas que escogieron como plan del día dar el paseo por la sabana en el antiguo Ferrocarril del Nordeste y de paso conocer la Catedral de Sal de Zipaquirá.



Como si se tratara de la zona de inmigración de Eldorado, la estación ferroviaria se va llenando de alemanes, estadounidenses, italianos, franceses, argentinos, brasileños, japoneses y, claro, colombianos. Por 40 mil pesos (un poco más de 20 dólares), les espera un viaje al pasado de esa Colombia en la que los ferrocarriles llegaron a convertirse, junto a los ríos, en las venas del desarrollo de este país.

¿Quieren en el de vapor o en el eléctrico?, pregunta la dependiente, advirtiendo en todo caso que la travesía tomará dos horas atravesando el norte de Bogotá, con escalas en La Caro y Cajicá, para llegar finalmente a un potrero zipaquireño en el que una banca plástica sirve de apoyo a los embebidos paseantes que no han tenido tiempo para dormir porque los cinco integrantes de la papayera (incluida en el precio del tiquete) les recuerdan que en estas latitudes del trópico el tamal con chocolate se acompaña con porros y currulaos.



Atrás y a ritmo ‘chaca-chaca’, no del AVE que une a Madrid con Sevilla o del tren bala de Tokio, quedaron las canteras, los barrios de estratos bajos clavados a los cerros orientales y los miles y miles de apartamentos que se levantan donde hasta hace unos años pastaba el ganado lechero o cultivaban rosas y claveles.

A estas alturas, los 2.652 metros sobre el nivel del mar hacen de las suyas, así que las siete cuadras de ascenso a pie tomarán unos minutos más de lo que impone el afán por conocer esta maravilla hecha a punta de pica, pala, explosivos y mucha fe.




Hasta que se llega a la ‘Plaza del minero’, las palpitaciones disminuyen y empieza un recorrido alucinante por la nueva Catedral de Sal, a la que muchos de los visitantes acuden por convicción religiosa y otros simplemente por curiosidad para, como Santo Tomás ver y creer que sí hay socavones de 200 metros de largo, por 10 de ancho y 16 metros de alto.

La fila es larga pero nadie pierde la compostura. En grupos de 20 o 25 personas, un guía se hace cargo de contar la historia de este rincón cundinamarqués, sin dejar de insistir que está hecha bajo una montaña de sal perteneciente a un remoto mar interior que existió hace más de 50 millones de años.

Estas salinas, explotadas por los aborígenes muiscas desde antes de la llegada de los invasores españoles y visitadas en 1801 por el sabio alemán Alexander von Humboldt, hoy dan cabida a un tesoro que es considerado como una de las máximas expresiones artísticas y arquitectónicas de Colombia. La nueva Catedral de sal sustituyó a la construida en 1954 y clausurada en 1990 por razones de seguridad debidas a fallas estructurales. Se localiza 60 metros debajo de la primera y su diseño fue elaborado por Roswell Garavito.

Luego de pagar 20 mil pesos (diez dólares) y atravesar un túnel reforzado con arcos de hierro -tal como lo muestran las películas de vaqueros-, van apareciendo una por una las estaciones del Viacrucis, iluminadas de tal forma que resaltan las cruces talladas en la mina e igualmente le dan un toque espiritual, para no decir sagrado.

“Entre más profunda la cruz, más profundo el dolor”, repite la guía, que toma con tranquilidad su oficio a sabiendas de que es en Semana Santa y vacaciones de mitad de año cuando la Catedral se convierte en un hervidero humano al que muchos llegan a pagar sus promesas, pedir un milagro o simplemente hacer un trueque por los ‘pecados’ de su vida, como si la tarea fuera así de sencilla.



De repente, tras un recodo, aparece la cúpula o domo, sitio privilegiado para observar la nave central de la Catedral, la gran cruz tallada bajo relieve y de 16 metros de altura, así como la versión en mármol de ‘la creación del Hombre’ hecha por Miguel Ángel, ahora recreada por el escultor Carlos Rodríguez Arango. Igualmente saltan a la vista las cuatro columnas cilíndricas creadas en memoria de los cuatro evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) y una grieta por la que se puede pasar y que simboliza el nacimiento y la muerte de Cristo.

Hasta allí se puede llegar en automóvil tomando otra ruta, pero esto solo sucede cuando se trata de parejas que se dan el lujo de contraer matrimonio en la Catedral de Sal, cuyo único referente en el mundo es una mina utilizada en Cracovia (Polonia) como una gigantesco museo.

El recorrido a pie de mínimo una hora a cuantas esté interesado el visitante, porque una vez en el altar, los guías lo dejan en libertad para que ore, se tome fotos al lado de los ángeles tallados por el artista italiano Ludovico Consorte, se reponga de la caminata de un kilómetro montaña adentro, arroje una moneda en el pozo de los deseos o compre esmeraldas, rosarios, crucifijos y tallas en sal en los almacenes acondicionados para tal propósito dentro de las galerías adyacentes, sin olvidar que la Catedral forma parte del Parque de la Sal, que comprende 600 hectáreas de atracciones geológicas, naturales y culturales.



Otras posibilidades pasan por ver en el centro de convenciones una película en tercera dimensión que sirve de ubicación a los turistas, pagar 6.000 pesos y jugar durante media hora a ser minero, presenciar el juego de luces en el techo de otra gruta o tomarse un café con almojábana a 180 metros debajo de la cima de la montaña. La única angustia para quienes fueron en tren es que a las 3:50 de la tarde, ni un minuto más ni uno menos, ese ‘dinosaurio de acero’ parte de regreso a Usaquén, con más papayera y hambre, si es que usted no tuvo la precaución de almorzar sancocho de gallina, ajiaco o mojarra asada, o al menos llevar un sánduche si no está dispuesto a pagar los precios elevados de los restaurantes del vecindario.

El retorno a Usaquén le tomará otras dos horas, al final de las cuales usted podrá decir que estuvo en la ‘primera maravilla turística de Colombia’, lugar al que en los siglos XIX y XX iban los arrieros santandereanos a llevar los zurrones de miel para traer a cambio los panes de sal, alimentos indispensables del cuerpo y el espíritu.



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