martes, 25 de diciembre de 2012

Pintor Guillermo Espinosa (Spinosa), un bacán que quiere ir al Infierno

Entrevista a uno de los principales artistas que ha parido esta tierra santandereana. Un hombre de 70 años que dibuja por placer.
 
Detrás de un abundante mostacho rubio, unas gafas antireflex y una cachucha azul de atleta, se esconde la figura y el talento de Guillermo Espinosa, uno de los cinco principales artistas contemporáneos que ha dado Santander.
 
Spinosa en adelante porque -como él lo explica- la E inicial estaba de ‘sapa’ y no le gustaba, por lo que optó por firmar así sus cuadros, mas no por imitar al filósofo racionalista judío-holandés Baruch Spinoza ni por ascender de estrato.
 
Con la madurez de los 70 años de edad, este pintor y escultor expresionista criado en el barrio Girardot de Bucaramanga no pretende dar intrincadas explicaciones a su obra y tampoco posa de estrella.
 
No terminó el bachillerato, pero su iniciación se dio en el taller de avisos de Samuel Ardila, donde empezó dibujando águilas y alpargatas, con overol, martillo y escalera al hombro instalando los avisos.
 
Sin embargo, este autodidacta no paró de leer sobre el impresionismo y el renacimiento, de enterarse que más allá de las arepas de Chiflas había un Durero, un Rembrandt y “un tal Van Gogh por allá no sé dónde”, dice sonriendo, como un muchacho que comete una travesura.
 
Fundador, junto a Gabriel Hernández, del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga (Mamb), Espinosa accedió a abrirnos durante dos horas su casa-galería en Piedecuesta y su corazón, para responder a un extenuante cuestionario mientras se enfriaba su almuerzo.
 
Apurando dos botellas de agua de manzanilla e inquieto por continuar con su ayudante Daniel una partida de ajedrez suspendida a causa de nuestra visita, Espinosa se refirió a la enfermedad que le hizo perder en una semana más de 12 kilos de peso, pero en ningún momento se mostró abatido.
 
Sabedor de que está viviendo ‘extras’, Spinosa no piensa en las sesiones de quimioterapia que le esperan, sino en seguir sacando energías para dibujar sus trompos, bicicletas, azadones, plomadas, alicates y demás herramientas que siempre le han llamado la atención.
 
El clavijero del Parque de los Niños, las hormigas culonas que descienden por el muro occidental de la Puerta del Sol a Floridablanca; ‘la mordida’ y ‘la tajada’ que -no por casualidad- están a la entrada de la Alcaldía de Bucaramanga y el enjambre de acero que protege el viaducto ‘Armando Puyana’ -La Flora- para que los potenciales suicidas recapaciten, son muestra de la obra de Espinosa, quien junto a Agelvis, Mantilla Caballero y Rodríguez Naranjo están en todas las casas de familia donde las finanzas les han permitido entrar.
 
Reconoce, para asombro de quienes hacen un cuadro y ya se creen Picasso, que “tengo setenta años y no he aprendido a dibujar”. Y admite que otro hecho que lo condujo a la pintura fue el desencanto de correr un par de veces la doble a Piedecuesta en bicicleta y arribar al parque de los Niños cuando ya habían retirado hasta el letrero de meta.
 
Bohemio, ex cliente asiduo de los bares de Manrique en Medellín, romántico y amante de la libertad, así es este artista cuya obra está colgada por estos días en el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, Mamb.
 
¿Qué permitió que usted no fuera un tendero o un comerciante más, sino un artista?
 
Por fortuna desde niño fui un bacán al que le encanta pintar. Cuando tenía diez años y vivía en el barrio Girardot, la calle 23 estaba destapada y un buen día la pavimentaron. Cuando llegué del colegio Virrey Solís ese sábado vi que los obreros la estaban barriendo echándole un cemento gris y quedaba blanquita. Entonces cogí un pedazo de carbón, lo cogí, hice un dibujo y me encantó. Luego llegaron unos compinches de la cuadra que me trajeron más carboncillos, así que empecé a hacer dibujos por esa calle como a la una de la tarde, cuando me empiezo a encarretar y los chinos a traerme más carbón… tres cuadras de dibujo en carboncillo al final de la tarde y esa gozadera mía pintando al Fantasma, al capitán Marvel, a Tarzán peleando con un león y abriéndole la jeta. Esta fue una de las manifestaciones más claras de la pasión que sentía por dibujar.
 
Estamos hablando de mediados del siglo XX. ¿Sus papás cómo tomaban sus gustos y qué le decían?
 
Mi mamá es anoche me regañó porque terminé como a las nueve, y fuera de eso pensó que yo estaba haciendo caricaturas para burlarme de la gente. Me cogió de una oreja y me dijo: ‘¡ya no haga más mamarrachos¡’. Mi mamá ha sido la mujer inolvidable de mi vida y me enseñó muchas cosas, pero ella no sabía qué era el arte y creía que yo era un ‘pintamicas’ y que con eso no iba ganar plata. Su idea era que me iría muy mal si me dedicaba a hacer matachos, entonces su afán era que yo terminara de estudiar para seguir una carrera, pero ya yo amaba mucho el dibujo y la escultura, que también la hago desde los diez años.
 
Desde los seis años iba a la herrería de mi papá y me la pasaba haciendo rayas en las paredes, jugando con el carbón y con el barro con el que se hacían las boquillas de las forjas por donde sale el aire. Hacía Venus de Milo, Cristos, Quijotes y a veces cogía un cuchillo para trabajar sobre madera. Una vez estaba haciendo una Venus inspirado en una cartilla y se me fue tan fuerte que miren que casi me vuela el dedo índice izquierdo. Mi mamá me regañó y me dijo: ‘eso le pasa por ser grosero, por hacer mujeres empelotas’.
 
¿Recuerda su primer cuadro?
 
Uno de los primeros dibujos que me recuerde haber hecho fue el de las tres carabelas de Colón que salían en la contraportada de los cuadernos Patria.
 
¿Los que traían las tablas de multiplicar?
 
No me acuerdo de eso porque la aritmética no me gustaba nadita, pero sí que en la portada estaba el retrato de una mujer con el gorro frígido. Un día copié La Pinta, La Niña y La Santamaría, me gustó y mi hermana Lilia me dijo que había quedado bonito.
 
Ese fue mi primer mamarracho en primero primaria y después dibujé edificios de Nueva York que ví en una revista Life. Les hacía ventanas y con el prismacolor los retocaba.
 
Cuando estaba más grande empecé a darme cuenta que había pintores en Bucaramanga y Escuela de Artes. Luego una profesora le dijo a mi mamá que yo era talentoso para el dibujo, recomendándole que me pusiera en una academia. Así fue que me matricularon y el director era el maestro Óscar Rodríguez Naranjo, bella persona, y el subdirector Carlos Gómez Castro, un gran escultor.
 
Al tiempo hacía cuadritos con figuras y paisajes en los azulejos de enchapar los baños. Los compraba a 20 centavos y los vendía a peso, con un huequito y una cinta para colgar.
 
Tenía que sacar provecho de eso, porque si no hacía sino eso, debía ver cómo vivir de la pintura y la escultura para no perder este disfrute, porque si no conseguía con qué vivir tendría que dedicarme a hacer otra cosa, y yo no tengo idea ni para administrar una cacharrería.
 
¿En qué momento tomó la decisión de meterse de cabeza en el arte?
 
No fue un instante preciso, sino que uno se va haciendo poco a poco.
 
Una vez estando en la herrería de mi papá, llegó un señor español, Juan Calvo, que vendía unos cuadros y uno de los obreros le dijo que adentro había un muchacho que pintaba mejor que lo que estaba ofreciendo. De una entró, pero yo le dije que era un aficionado. Entonces me preguntó si podía hacer de los paisajes que él llevaba, que eran cuadros de Hernando González, que Juan se los pagaba a quince pesos. Me ofreció trabajo, pero dijo que me daría diez pesos por cada uno.
 
Ahí fue cuando me di cuenta que podía vivir de esto, porque trabajando con mi papá en la herrería me ganaba cuarenta pesos y haciendo cuadros me ponía casi 150 pesos semanales. Mi papá me respondió que quería lo mejor para mí y que ya conseguiría quién le ayudara.
 
¿Entonces de ahí en adelante alzó vuelo?
 
Siempre he tenido la libertad de hacer lo que quiera, en el momento que sea. Por ejemplo de decir ‘este año no quiero hacer cuadros de encargo’, puedo hacerlo. Eso me lo ha proporcionado esa otra obra figurativa que la hago con amor y siempre tratando de mejorarla.
 
¿Cómo define su obra?
 
No sé. Usted me pregunta eso y me parece como cuando uno se toma un tinto rico y le preguntan cómo define ese tinto. Creo que es el resultado de una persona a quien le gusta hacer mamarrachos y disfrutar de eso. No me voy a poner a echar carreta y decir que con esto quiero expresar la dignidad de una herramienta y el desempeño que ha tenido a lo largo de la evolución cultural del hombre. Hago un azadón porque me encantan las formas, las curvas y el diseño que tiene. Yo no hago una pala porque le esté rindiendo un homenaje a una herramienta que ha aportado mucho al desarrollo del mundo. Los trompos son porque de niño me gustaba jugar con ellos. No es por más.
 
En las bicicletas veo diseño, me gusta la forma de los manubrios y la distribución de los radios. Me dan la oportunidad de coger una puntilla y hacer un trazo. Me dan una posibilidad muy grande para divertirme.
 
Si dentro de 200 años a un arqueólogo le da por escarbar en el arte santandereano, ¿cuál de sus cuadros hallaría como el más representativo?
 
En 200 años se habrá transformado mucho el concepto y no se va a pensar como estamos pensando hoy. La computadora por ejemplo ha llevado a unos límites que uno no tiene ni idea. Hoy en día hay artistas famosos y muy buenos que trabajan con cadáveres. Hubo uno que hizo una obra preparando y comiéndose a su hijo. ¿Eso es una obra de arte? Claro que lo es. Hay otro que trabaja con diamantes y hace calaveras incrustadas de piedras preciosas. Tiene uno que haber evolucionado para sentir de verás que es una obra de arte.
 
¿Llega al clímax cuando le estampa la firma a uno de sus cuadros? ¿Qué se pregunta cuando termina una obra?
 
¿Será que lo vendo? Es como un chiste cruel pero no deja de pasar. Eso no es que uno sea un vulgar mercader, porque Van Gogh en una época en que se estaban vendiendo los bodegones le envío dos a su hermano para que los negociara.
 
Pinto ocho y hasta diez horas diarias y esto de la pintura me ha prolongado la vida. Hace seis años tuve un diagnóstico de que no duraba vivo sino seis meses y me salvé de un transplante de hígado, aparte de las seis cirugías que me han hecho. Me divierto, a tal punto que cuando me hacen la quimioterapia estoy dibujando.
 
Sin embargo, ha habido momentos en que he estado muy grave e incluso un día me pusieron los santos óleos, pero seguiré pintando hasta el día en que se me acabe el ‘sobregiro’, porque estoy sobregirado, no ve que eran seis meses que me daban y ya llevo seis años.
 
Pero no quiero larga vida si he de estar en clínicas y exámenes y mi mujer y mis hijos pasando sustos y dolores, porque sufren de verme así. Si el maestro de arriba me quiere llevar, que lo haga pero que no me vaya a dejar sobregirado en una clínica o atado a una cama.
 
Si vivo que tenga calidad de vida; si no, le digo al maestro de maestros que pida permiso en el Infierno, pero la cosa es que dizque no hay cupo. Yo no quiero el Cielo. ¿Qué voy a hacer al Cielo? Me gustaría irme para el Infierno para encontrarme con el Diablo -que es primo mío-, y con mis tíos, hermanas y amigos para ponernos a rumbear, porque eso debe ser el Infierno. ¡Qué me voy a poner ir al Cielo¡ ¡Qué pena con los santos! Pero como no hay cupo en el Infierno ahí me tiene vivo todavía.   
 
¿Tiene alguna obra que haya preferido no vender por su valor sentimental?
 
‘El fósforo’ no lo vendo, por un recuerdo que le voy a dejar a mis hijos porque con esa obra gané el primer premio nacional en el Museo de Arte Contemporáneo y porque me gusta ese cuadro. Además porque los jurados fueron Manuel Hernández, Santiago Cárdenas y Germán Rubiano, gente que conocía algo… (sonríe).
 
¿Qué les aconseja a quienes se inician en la pintura?
 
No tengo sabiduría para dar consejos. Tampoco tengo vocación para ponerme a expresar qué serían lo que tendrían que hacer. Le diría al Gobierno que da pesar que muchachos talentosos terminen artes plásticas en las universidades y que la gran mayoría no pueda sobrevivir haciendo unas buenas instalaciones o arte moderno, por lo que terminan haciendo veinte cuadros por un millón de pesos al mes que les paga el dueño de una fábrica en Bogotá. Deberían escoger a los mejores y mandarlos a estudiar al exterior, donde puedan llegar a ser de veras maestros de arte, con el fin de que desarrollen su vocación y regresen a ser profesores.
 
¿Santander ha reconocido su obra?
 
Por lo menos me la ha comprado y con eso he podido educar a mis hijos, vivir, viajar y pasar chévere. No gano para ahorrar, porque con lo que recibo apenas me sostengo… El que tiene más de lo que necesita le sobra y las sobras apestan después y hacen daño.
 
¿Algún día un crítico le recomendó que mejor colgara el pincel?
 
Cada nada me echan pullas y me dicen que lo mío no es nada, que no es arte, que es bobería y que soy un ‘pintamicas’.
 
¿Y usted qué les responde?
 
No les respondo nada porque no me lo dicen directamente. Además, si voy por un camino y un perro me hace guau-guau, qué tal que yo me devuelva y le diga guau-guau; y el otro guau y yo guau. Si un perro me ladra, yo lo dejo y más bien le doy pan. Tampoco voy a defender lo que hago, porque el único interés mío es encontrar placer en hacer lo que a mí me gusta. He hecho unos treinta mil cuadros y por ahí el uno por ciento me gusta, siendo pretencioso.
 
 
Los orígenes del Mamb
 
¿Cómo nació el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga?
 
Guillermo Spinosa recuerda que por allá en 1982 apareció en su casa Gabriel Hernández, propietario de la que es considerada la mayor colección privada de arte en Santander. Le propuso hacer una muestra de su trabajo en Piedecuesta a raíz del premio nacional que acababa de recibir.
 
Spinosa le respondió que con gusto lo haría pero acompañado de otros artistas y le sugirió los nombres de Sonia Gutiérrez y Ernesto Parra.
 
Mucha gente asistió a la exposición, pero al finalizar notaron que varios cuadros de Spinosa habían sido rotos con cuchillas.
 
Hernández, haciendo honor a su palabra de responder por la obra, le entregó a Spinosa un cheque en blanco para intentar reparar el daño, pero el pintor no lo cobró. Hernández insistió y Spinosa le dijo que seguramente quienes atacaron sus cuadros lo hicieron llevados por la ignorancia y entonces le soltó la idea de educar a la gente a través de un museo de arte moderno.
 
Necesitaban entonces una colección mínima de 30 cuadros de autores de cierta trayectoria y así fue como aparecieron trabajos de Ramírez Villamizar, Santiago Cárdenas, Carlos Rojas y Saturnino Ramírez, entre otros.
 
¿Para colgarlos dónde? En ese momento Hernández, sobreponiéndose a quienes lo difamaban diciendo que se iba a enriquecer, movió sus contactos y fue así como dio con la casona de la calle 37 con carrera 26, de propiedad de la familia Uribe, que la vendió en 25 millones de pesos de la época y hoy vale unos $2.500 millones.
 
Hernández y Spinosa no les temieron a los críticos y hoy el Mamb celebra sus primeros 20 años de trabajo incesante por el arte de la mano de Lucila González Aranda y el grupo de amigos del Museo.

3 comentarios:

  1. en donde se puede ver la recopilacion de obras del maestro espinosa por internet

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  2. A las 6 de la mañana" estoy aqui en el jardin de tu casa" , mirandote y recordandote mi entrañable y querido Guillermo. Adoro tu familia , tu arte y lo que fuiste.

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  3. Larga vida en el cielo de los recuerdos, Maestro Spinosa, que en el cielo de esta tierra conseguiste un lugar que te honra.

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