jueves, 13 de diciembre de 2012

El sendero de Rigoberta (segunda parte de la entrevista a la Nobel de la Paz guatemalteca)


“Siempre habrá fuerzas que no quieren la paz”, dice la Premio Nobel guatemalteca, “pero vamos a demostrar que lo que conviene para todos es la paz estable”.

 
 Sube y exige, tú eres llama de fuego,/

Tu conquista es segura donde el horizonte definitivo/

Se hace gota de sangre, gota de vida/

Allí donde tus hombros sostendrán el universo, /

Y sobre el universo tu esperanza.

Miguel Ángel Asturias

 

Rigoberta Menchú Tum estuvo de visita en Bucaramanga el pasado 22 de octubre con la excusa de asistir a la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) y hablar de su obra, aunque en realidad lo que hizo fue contagiar a cientos, a miles de colombianos del optimismo desbordante que la caracteriza.
Coloridamente ataviada como es la tradición entre su pueblo Quiché, Menchú hasta explicó el funcionamiento del Calendario Maya y enfatizó que el mundo no se va a acabar en diciembre. Al caer la tarde accedió a esta entrevista en la que compartió detalles de cómo fue posible que su país el 29 de diciembre de 1996 -con la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera entre el Gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG)-, le pusiera fin a una guerra que durante 34 años desangró a ese territorio centroamericano.
Pese a los títulos y reconocimientos que ha recibido en todas las latitudes del planeta, Menchú Tum (San Miguel de Uspantán, 1959) es una mujer sonriente y sencilla, que encarna la sabiduría de sus ancianos y que se siente orgullosa de lo que es.
Ella vivió en carne propia los horrores del conflicto. Vio caer a su padre Vicente carbonizado en la retoma de la Embajada de España en Ciudad de Guatemala; su madre Juana fue desaparecida, como su hermano Petrocinio, y su otro hermano Víctor, asesinado por el Ejército de su país. Y, sin embargo, no está poseída por la sed de venganza.
Su vida está condensada en las 271 páginas del libro “Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia”, escrito por Elizabeth Burgos y publicado por Siglo Veintiuno Editores.
“Sus palabras no son meramente de denuncia y de protesta. Son ante todo una enérgica afirmación de una manera de ser, de un derecho a ser lo que se es: una cultura específica, una comprensión del universo, una interacción con la naturaleza. La historia de Rigoberta hace eco a la historia de todas las comunidades indígenas de América Latina que han decidido arrebatarle la palabra al opresor”, dice la etnóloga Burgos.
Rigoberta fue sirvienta en la capital sin siquiera haber cumplido los trece años de edad. “Cuando salimos de la finca, el terrateniente iba vigilado con toda la gente detrás. Incluso tenían armas. ¡Yo tenía un miedo! Pero a la vez decía, tengo que ser valiente. No me van a poder hacer nada. Y mi papá decía: ‘No sé, hija, si te va a pasar algo; tú eres una mujer madura’. Entonces llegamos a la capital. Me recuerdo que llevaba mi ropa bien viejita porque era trabajadora de la finca y llevaba mi corte bien sucio; bien viejo, mi huipil (blusa bordada). Tenía un perrajito (manto hecho de algodón) y era el único que llevaba. No tenía zapatos. No conocía ni cómo es probar un par de zapatos. La señora del señor estaba en la casa. Había otra sirvienta que era para la comida y yo tendría que tener el trabajo de limpiar la casa. La sirvienta era también indígena pero había cambiado su traje. Tenía ya ropa ladina y hablaba ya el castellano y yo no sabía nada. Llegué y no sabía qué decir”.
Su estancia entre cultivos de maíz, café, fríjol, papas y legumbres la marcó para siempre. “Mi padre luchó veintidós años defendiendo, librando su heroica lucha en contra de los terratenientes que querían despojarnos de la tierra, a nosotros y a los vecinos. Cuando nuestra pequeña tierra ya daba cosecha después de muchos años y que el pueblo tenía ya grandes cultivos, aparecieron dos terratenientes: los Brol. Dicen allá, que fueron más famosos por lo criminal de lo que fueron los Martínez y los García. Los Martínez y los García tenían una finca en común antes de la llegada de ellos. Los Brol eran una gran familia, una pila de hermanos. De modo que eran como cinco hermanos que estaban radicados en una finca que hicieron con su poder, a través de su capacidad de despojar a los indígenas de la zona… Así fue cuando mi papá se dispuso y dijo: ‘Si me matan, tan sólo por defender esa tierra que nos corresponde, pues que me tengan que matar’”.
Su cosmovisión y su fe pueden provocar urticaria, pero Rigoberta no se anda con medias tintas. “Para nosotros la Biblia es un arma principal que nos ha enseñado a caminar mucho. Y, quizá, para todos los que se llaman cristianos, pero los cristianos de teoría no entienden por qué nosotros le damos otro sentido, precisamente porque no han vivido nuestra realidad. En segundo lugar, porque quizá no saben analizar. Yo les aseguro que cualquier gente de mi comunidad, analfabeta, que le mandaran analizar un párrafo de la Biblia, aunque sólo lo lean o lo traduzcan en su lengua, sabrá sacar grandes conclusiones porque no le costará entender lo que es la realidad y lo que es la distinción entre el paraíso afuera, arriba o en el cielo, y la realidad que está viviendo el pueblo. Precisamente nosotros hacemos esto, porque nos sentimos cristianos y el deber de un cristiano es pensar cómo hacer que exista el reino de Dios en la tierra, con nuestros hermanos. Sólo existirá el reino cuando todos tengamos qué comer. Cuando nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros papás no se tengan que morir de hambre y de desnutrición (como murió Nicolás, su hermanito de dos años de edad). Eso sería la gloria, un reino para nosotros porque nunca lo hemos tenido. Es exactamente diferente a lo que piensa un cura. Pero tampoco es general, pues, porque hay muchos curas que llegaron a nuestra región que eran anticomunistas y sin embargo comprendieron que el pueblo no era comunista sino que era desnutrido, vieron que el pueblo no era comunista sino que era discriminado por el sistema”.
La pesadilla de la guerra aletea de cuando en vez por su mente y aparece, por ejemplo, el recuerdo del uniformado que cayó en una trampa tendida por aldeanos hastiados de los atropellos del Ejército. “El soldado lloró y dijo: ‘Yo no tengo la culpa. A mí me mandan. Antes de venir aquí nos obligaron. Y si no cumplimos, nos matan. Nosotros obedecemos a un capitán y por medio de ese capitán, nosotros actuamos. Y, si yo me voy del ejército, de todos modos soy enemigo del pueblo y si dejo las armas, soy enemigo del ejército. Entonces, si no me matan por un lado, me matan por otro. Yo no sé qué hacer’. Entonces le dijimos que desde ahora, si para él era difícil, que tratara de esconderse o de buscarse qué hacer pero no fuera un criminal como el ejército. Y él nos explicó muchas cosas de las torturas que le daban en el cuartel. Y él decía: ‘Desde el primer día me dijeron que mis padres eran tontos -y como él era indígena, también-. Mis padres son unos tontos porque no saben hablar, que a mí me iban a enseñar a hablar como debían de hablar las personas. Entonces, me empezaron a enseñar el castellano y me dieron un par de zapatos que a mí me costó usar, pero sin embargo,  los tenía que usar a puros golpes. Me pegaban para que yo me acostumbrara. Después me decían que yo tenía que matar a los comunistas de Cuba, de Rusia. Tenía que matarlos a todos y así es cuando me dan un arma’. Nosotros le preguntábamos: ¿Y a quién matas con esta arma? ¿Por qué nos estás buscando a nosotros? ¿Es que te dicen que si tu padre o tu madre están en contra de ti, también esta arma sirve para matarlos? ‘Yo uso el arma como me mandan hacerlo. Todo esto no es porque tenga la culpa. A mí me agarraron en el pueblo’. Lloraba y a uno hasta le daba ternura como humano que es uno. En ese tiempo yo ya entendía muy bien la situación, yo sabía que los culpables no eran los soldados. Son los regímenes que obligan también a nuestro pueblo a ser soldados”.
Las huellas de la represión son imborrables. “Fue en el 78, cuando entra Lucas García con tantas ganas de matar y que empieza a reprimir la zona del Quiché como que si fuera un trapo en la mano. Puso bases militares en muchos lugares de las aldeas y empiezan las violaciones, las torturas, los secuestros. Empiezan las masacres. Eso lo sufrieron las aldeas de Chajul, Cotzal, Nebaj. Otra vez la represión encima de ellos. Más que todo a los indígenas. Todos los días aparecían varios cementerios clandestinos, como ellos los llaman, en diferentes lugares del país. O sea, secuestran a la gente de una población, la torturan y luego aparecen unos treinta cadáveres en un mismo lugar. En un barranco, por ejemplo. De modo que llaman a toda la gente que vayan a buscar su familia allí. Entonces la gente no se anima a ir a ver los cadáveres porque saben que si llegan allí, también serán secuestrados. Entonces se quedaban los cadáveres y los metían ahí todos y era un cementerio clandestino”.
La imagen de su hermano Petrocinio (16 años) acompaña a Rigoberta, especialmente de aquel día en que junto a otras veinte personas fue asesinado delante de su familia. Le habían arrancado las uñas y cortado partes de las plantas de los pies. “El oficial mandó a la tropa llevar a los castigados desnudos, hinchados. Los llevaron arrastrados y no podían caminar ya… Los concentraron en un lugar donde todo el mundo tuviera acceso a verlos. Los pusieron en filas. El oficial llamó a los kaibiles y éstos se encargaron de echarles gasolina a cada uno de los torturados. Y decía el capitán, éste no es el último de los castigos, hay más, hay una pena que pasar todavía… Y el ejército se encargó de prenderles fuego a cada uno de ellos. Muchos pedían auxilio. Parecían que estaba medio muertos cuando estaban allí colocados, pero cuando empezaron a arder los cuerpos, empezaron a pedir auxilio… Todos se retiraron con las armas en la mano y gritando consignas como que si hubiera habido una fiesta. Estaban felices. Echaban grandes carcajadas y decían: ¡Viva la patria! ¡Viva Guatemala! ¡Viva nuestro presidente! ¡Viva el ejército! ¡Viva Lucas!... Muchos del pueblo salieron inmediatamente a buscar agua para apagar el fuego y nadie llegó a tiempo. Los cadáveres brincaban. Aunque el fuego se apagó, seguían brincando los cuerpos. Para mí era tremendo aceptarlo. Bueno, no era únicamente la vida de mi hermanito. Era la vida de muchos y uno no pensaba que el dolor no era solo para uno sino para todos los familiares de los otros; ¡Sabrá Dios si se encontraban allí o no! De todos modos eran hermanos indígenas”.
¿Qué hizo que Rigoberta Menchú con el dolor de ver morir o desaparecer a gran parte de su familia y amigos no optara por las armas y por cobrar venganza?
(Sonríe) Es un proceso de crecimiento espiritual y social. Yo no soy una víctima; soy una persona muy exitosa y he tenido más oportunidades que otros, pero me he desarrollado al lado de muchos valores ancestrales. Luego, yo pienso que no se olvida el dolor. Yo no intento despojarme de eso, porque si me pide perdón un victimario, le perdonaré; si no me pide perdón, jamás lo perdonaré. Es decir, no tengo obligación a perdonar a alguien que no conozco. Y luego, no me tocó la suerte de alzarme en la montaña. Digo no me tocó la suerte porque muchos no tuvieron la oportunidad de salir de su aldea e irse a otro lugar. A mí me tocó el destino y la suerte de salir al exilio, y viví entre Ginebra (Suiza), Nueva York (Estados Unidos), México, Chiapas, Quintana Roo, Campeche… algunas veces la frontera más cercana guatemalteca. Me tocó espiar el país, digamos.
Pero hay otras personas que no les tocó esa suerte. Por ejemplo mi hermana que acaba de fallecer. Ella fue guerrillera desde los trece años y bajó de la montaña cuando se firmó la ‘Paz Firme y Duradera’. Ella nunca se registró en la lista de los combatientes, pero ella lo fue. Lucía, mi pequeña guerrillera, a quien siempre venero así. Mi otra hermana, Anita, se alzó en armas a sus apenas  diez años, y vivió en la montaña. Cuánto tiempo la di por muerta, porque me llegó información de que había fallecido. A ella tuve la suerte de volver a verla con sus dos pequeñas hijas en este momento y ella es una gran mujer. Yo no puedo condenar a mi hermana Anita después de que su madre fue torturada, después de que su padre fue quemado vivo, después de que sus hermanos fueron ultrajados… Después de que le destrozaron su vida, no le puedo decir por qué agarró las armas. No lo puedo decir y, por el contrario, me siento orgullosa de ellas porque son constructoras de paz hoy y que gracias al Creador no continuó la guerra porque de lo contrario no sé qué habría sido su destino.
Estoy contenta que dos hermanas mías pasaran a la vida civil, de personalidades, desarrolladas, en la academia y en la política.
Al menos sesenta matándonos entre los propios colombianos. ¿Qué carajos hacemos?
(Suspira) ¡Ay!, esa anhelada paz en Colombia ya no solo es un asunto de este país, sino de todo el continente. Añoramos una Colombia sin guerra, sin dos fuerzas batallando y peleando por un territorio. Yo creo que es el momento en que tenemos que fortalecer mucho la estabilidad de paz en Colombia. Depende mucho de las dos partes en conflicto. Esperamos que puedan atinarlo y tengan la sabiduría para encauzar este proceso. ¡Impresionante!, ¡impresionante! Cuando supe que se reanudaban los diálogos de paz en Colombia, pues lo celebramos con mucho optimismo. ¿Por qué? Tenemos muchos amigos aquí que han perdido la vida y tenemos compañeros. De alguna manera estamos cansados también de esta guerra, como toda la sociedad.
Siempre habrá fuerzas que no quieren la paz, pero espero que todos los que la queremos podamos vencer. Entonces hay que alentarlos, hay que poner la buena voluntad, hay que ser prudentes. La prudencia de nosotros es oro en este tiempo, para no adelantarnos a lo que pueda ocurrir, sino que sean procesos naturales. Para que sea de verdad y no que en la esquina otra vez fallemos.
¿Y no pararnos de la mesa de diálogo pase lo que pase?
No pararnos de la mesa, y sobre todo las partes porque nosotros vencimos algunos obstáculos a última hora. Se acuerda Pastor que incluso algunas fuerzas del movimiento guerrillero secuestraron a una señora y eso venía a romper todo el proceso de paz, pero ya estábamos en la antesala de la fiesta grande, y sin embargo eso no impidió que se firmara la paz.
Los refugiados guatemaltecos estábamos ya en fila en la frontera para que se firmara la paz y nos íbamos en cantidad a regresar al país. Muchas madres guatemaltecas dijeron: ‘Yo no he dado a luz a un hijo para que vaya a la guerra. Hoy yo quiero que mi hijo vaya a la escuela y busque un trabajo digno. ¡Ya no quiero más hijos en la guerra!’. Entonces había una actitud muy fuerte que ayudó, y no es que vayamos a derrotar las armas, pero sí vamos a demostrar que lo que conviene para todos es la paz estable.
 
Todos ponen
El 29 de diciembre de 1996 y después de largos e intensos meses de negociación, el Acuerdo de paz Firme y Duradera de Guatemala cobró forma gracias a la voluntad de las partes y al papel cumplido por la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Entre sus conceptos fundamentales está el derecho del pueblo a “conocer plenamente la verdad sobre las violaciones de los derechos humanos y los hechos de violencia ocurridos en el marco del enfrentamiento armado interno. Esclarecer con toda objetividad e imparcialidad lo sucedido, contribuirá a que fortalezca el proceso de conciliación nacional y la democratización en el país”.
Además de reconocer la identidad y derechos de los pueblos indígenas (que en Guatemala son más del 40 por ciento de los 14 millones de habitantes), el acuerdo entre Gobierno y guerrilla dispuso que la paz debe cimentarse sobre un desarrollo socioeconómico participativo orientado al bien común, que responda a las necesidades de toda la población. “Dicho desarrollo requiere de justicia social como uno de los pilares de la unidad y solidaridad nacional, y de crecimiento económico con sostenibilidad, como condición para atender las demandas sociales de la población”.
El Estado y los sectores organizados de la sociedad deben aunar esfuerzos para la resolución de la problemática agraria y el desarrollo rural, que son fundamentales para dar respuesta a la situación de la mayoría de la población que vive en el medio rural, y que es la más afectada por la pobreza, las iniquidades y la debilidad de las instituciones estatales”, enfatizó el documento.
Cualquier parecido con las raíces del conflicto colombiano no es mera coincidencia.
 
Barbarie o más
Así Recuerda Rigoberta Menchú la tragedia de su madre, Juana Tum Kótoja, a quien golpearon, violaron y le cortaron las orejas. “Como vieron que nadie de los hijos bajó a recoger la ropa de mi madre, los militares la llevaron a un lugar cerca del pueblo donde había muchos montes. Mi esperanza era que mi madre muriera junto con toda la naturaleza que ella tanto adoraba. La llevaron debajo de un árbol y la dejaron allí viva, casi en agonía. No dejaban que mi madre se diera vuelta y como toda su cara estaba desfigurada, estaba cortada, estaba infectada, casi no podía hacer ningún movimiento por sí sola. La dejaron allí más de cuatro o cinco días en agonía; donde tenía que soportar el sol, la lluvia y la noche… Y como todas las heridas de mi madre estaban abiertas, entonces tenía gusanos y estaba viva todavía. Después, en plena agonía, se murió mi madre. Los militares todavía separaron encima de ella, se orinaron en la boca de mi madre cuando ya estaba muerta. Después dejaron allí tropa permanente para cuidar su cadáver y para que nadie recogiera parte del cuerpo, ni siquiera sus restos”.

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