Mostrando entradas con la etiqueta Julián de Zubiría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julián de Zubiría. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de abril de 2019

Julián de Zubiría habla sin tapujos de la universidad


(Esta nota la publiqué en la edición 475 de Vivir la UNAB, en circulación desde el 31 de marzo de 2019)


Desde la primera hasta la última de sus reflexiones lleva una carga de profundidad. Julián de Zubiría Samper es un ‘execonomista’ graduado con honores en la Universidad Nacional, que además de desempeñarse como director del calificado Instituto Alberto Merani, de asesorar a entidades del orden nacional e internacional como Naciones Unidas, ser columnista de Semana Educación y haber escrito 17 libros, es de aquellos que se permite decir en público lo que piensa porque es una autoridad en la materia.

Así que con la excusa de dictar la charla “Reformas pedagógicas pendientes en la universidad”, De Zubiría Samper estuvo en el Auditorio Menor ‘Alfonso Gómez Gómez’ de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), donde durante casi dos horas formuló sus planteamientos, lanzando gran parte de un arsenal de ideas y desafíos que al día de hoy siguen retumbando en la cabeza de decanos, directores de programa, docentes y expertos en pedagogía.

Corriendo el riesgo de poner en aprietos a sus anfitriones de la Facultad de Ciencias Económicas, Administrativas y Contables, el profesor De Zubiría empezó preguntándoles a los 128 asistentes: “¿Cambian sus estudiantes sus estructuras para pensar a lo largo del tránsito por la universidad? ¿Si yo hiciera una prueba de argumentación hoy y volviera en un año, argumentarían mejor? ¿Si aplicáramos una prueba de lectura crítica, leerían más críticamente en uno o dos años sus alumnos? ¿Si yo les preguntara quién es usted, se conocen más sus alumnos o no? ¿Son más sensibles? ¿Son más éticos?”.

¿Pero por qué esas preguntas? “Porque ese es el papel de la educación, que no es que el estudiante aprenda. En eso estamos confundidísimos. El papel de la educación es formar mejores ciudadanos, es formar individuos más éticos, más críticos, más soñadores… ¿Sueñan mejor sus estudiantes al terminar el semestre? ¿Se enamoran más de la vida? ¿Construyen sus proyectos de vida en las universidades? ¿Sirve ir a la universidad? ¿Agrega valor?”.

Tamaño de interrogantes con los que de entrada puso a mirarse en el espejo a los concurrentes, algunos con evidente desasosiego y otros intentando digerir el reto. Con un tono pausado, como si estuviera relatando un cuento de los hermanos Grimm, De Zubiría prosiguió con sus sorpresivos enfoques: “La Universidad Pedagógica no tiene un Saber Pro muy alto, pero puedo demostrar que agrega más valor en lectura crítica que las universidades más prestantes; por lo tanto puedo decir que es mejor universidad porque los toma en un nivel bajo y no los entrega donde los entregan las principales universidades privadas, pero sí cerca. Así es como debería evaluarse también un docente: ¿dónde llegó el estudiante y dónde lo entregó? Todas las clases, de todo el planeta Tierra, deberían empezar con unas pruebas diagnósticas que determinen dónde llegaron y dónde acabaron”.

Entonces se deslizó a la necesidad de repensar la educación universitaria, esgrimiendo dos argumentos elementales: “El primero es porque el mundo cambió. Yo, que dediqué mi vida a cambiar la educación básica, les confieso que nunca había visto un sector más conservador que el de la universidad. Estoy impactado porque me he encontrado con un sector muchísimo menos partidario de las transformaciones, convencidos de que el problema no es de ellos sino de la básica. No, ambos tienen problemas y en esencia son los mismos. El mundo se nos hizo global, flexible, con profundos cambios sociales y económicos, pero la universidad no cambia. Lo que pasó en el mundo no ha tocado a la universidad como debería.  Y el segundo factor es que sabemos que los jóvenes en los colegios no aprenden a pensar, a leer, a escribir, a analizar. Entonces fracasó el sistema en la básica y en la media. En la superior tenemos muchas dudas del valor que agrega, porque agrega mucho menos de lo que creíamos”.

El panorama que dibujó es el de un planeta impresionantemente intercomunicado, llámese globalización, tercera ola o sociedad poscapitalista. Que aplica para todos los sistemas, menos para el educativo, construido sobre unas bases opuestas y desde la fragmentación. De tal forma que la primaria no tiene que ver con la secundaria, la media no tiene que ver con la superior. “La universidad va de para atrás. Porque la ruta que adoptó fue la de la especialización, que hace que cada vez el nivel de especialización sea más alto. El problema es que el mundo lo que necesita es otra cosa. Para hablar de temas de salud, lo que necesita el mundo son médicos generales pero lo que ofrece el sistema educativo son médicos altísimamente especializados. Lo que se requieren es un pensamiento interdisciplinario”, subrayó. Disciplinariedad o transdisciplinariedad de la que todos hablan, pero que al revisar las estructuras curriculares se encuentra que no existe.

“Estamos formando gente que sabe muchísimo pero de un aspecto muy particular. Medicina es un ejemplo claro y en campos como la anatomía hay hasta 16 profesores porque cada uno está especializado en un pequeño aspecto. El problema es que nada se puede interpretar desde una sola ciencia. ¿Por qué vivimos una guerra? Eso no se puede explicar solamente desde una perspectiva económica y nos tocaría involucrar factores políticos, culturales e históricos. Es decir, interdisciplinariamente. La fragmentación no deja ver lo global. Los árboles no dejan ver el bosque y lo que necesitamos es tener más claro los bosques”, agregó.

La segunda contradicción es que hay acuerdo en que el mundo es totalmente flexible e incierto, pero la universidad mantiene alto énfasis en lo rutinario. Un caso palpable es el relacionado con el Cálculo, en el que se siguen enseñando algoritmos mecánicos, descontextualizados y rutinarios, resolviendo problemas formales e impertinentes.

Julián de Zubiría estudió economía en la Universidad Nacional, pero recuerda que en los tres niveles de Cálculo que cursó y en los que sacó 5,0, “no entendí una sola idea, nada. No me quedó ni un concepto. ¿Cómo puedo sacar cinco sin entender? No, yo aprendí”. Así que en las derivadas de X al cubo, sabía que cubo era ese 3 chiquito que estaba arriba y lo que hacía era bajar el 3 sin ponerle mucha tiza, para luego escribir la X. De la misma forma en que a los matemáticos se les llena la boca cuando pronuncian “a la n”. “Cálculo es un muy buen ejemplo de lo que no hay que hacer en educación”, razón que lo lleva a sentenciar que los profes de cálculo están perdidísimos. Si hay un buen ejemplo de educación tradicional y de hacer cosas absurdas y sin sentido, ese es Cálculo 1, 2 y 3. Son procesos de carácter mecánico donde no hay conceptos ni interpretación. ¿Qué le pasa al mundo sin derivadas? Ni idea. Nunca vimos esos temas y siempre era derive, derive y derive”.

Es la antítesis del mundo anterior estático, en el que alguien que trabajaba en Ecopetrol lo hacía toda la vida y aspiraba a que su hijo lo sucediera. “Se estima que en los últimos diez años se ha creado tanto conocimiento como se creó en los dos mil años anteriores, entonces la universidad está equivocada si quiere transmitir conocimiento”, dijo, recordando que aprenderse la tabla periódica en el colegio le sirvió para pasar el examen de Química y para llenar crucigramas.

Pero el más complejo de los problemas, en su opinión, “es que cualquier joven de hoy sabe más que Aristóteles. Tiene 25 siglos de conocimiento de la historia humana. Sabe de todo, física, matemáticas… pero ojo, no piensa mejor. Ese es el núcleo del problema pedagógico. El problema no es saber; el problema es pensar. ¿Qué hacen ustedes: enseñan la ciencia o enseñan a pensar científicamente? ¿Enseñan economía o a pensar en términos económicos? ¿Enseñamos conocimientos administrativos o enseñamos a pensar y actuar con criterios administrativos? Es distintísimo”.

Como si con estasojivas no fuera suficiente, De Zubiría Samper apuntó que el problema es que el colegio y la universidad no se dieron cuenta de un hecho que se agudizó hace 50 años en la historia humana: no guardamos la información en el cerebro, sino de manera externa. “Construimos unos aparaticos llamados celulares. ¿Cuántos números saben si se les pierde? Todo está guardado en la ‘nube’ y un programa como Spotifytiene 150 millones de canciones, por lo que tendría uno que vivir 200 vidas y no oiría ni la mitad. La universidad sigue centrada en la transmisión de teorías y no en el desarrollo del pensamiento. El sistema educativo sigue transmitiendo información que uno no guarda en su cerebro. Si ustedes en los exámenes a sus estudiantes no les dejan sacar el libro, es porque el examen no es para pensar. Si esas preguntas que ustedes hacen las meto a Google y salen las respuestas, es porque esas preguntas no son para pensar. Así de categórico porque Google no piensa, sino que es un depósito de información. El sistema educativo está totalmente confundido”.

Echando mano a más piezas de su artillería, Julián de Zubiría expresó que cuando uno les pregunta a los decanos y rectores cómo ven la universidad, dicen que muy bien, pero cuando esa pregunta es para el mundo laboral, responden que muy mal. “Uno de los dos está equivocado. Cuando uno les pregunta a los empresarios de Colombia cómo ven la formación en las universidades dicen que muy mal, pero al insistirles por qué, ninguno dice que es que no saben resolver ecuaciones diferenciales de segundo orden o que tienen un problema con las integrales, todos en cambio dicen algo más importante y es que no saben trabajar en equipo, no tienen iniciativa, no toleran la frustración, tienen bajo liderazgo, muestran poco emprendimiento, muy reducido pensamiento crítico, no tienen ideas originales y para completar no saben leer, además que su escritura y comunicación no son claras. Les falta, nada más y nada menos, que inteligencia intra e interpersonal”.

Mirando a los ojos a cada uno de los asistentes, De Zubiría disparó: “¿Cuántas veces en sus exámenes ustedes les dicen a sus estudiantes que formulen una pregunta original? El ser humano es muy poco original porque lo castigan. Al que piensa, habla, dice, cree, se viste distinto, lo castigan, y uno de los sistemas que tiene es la educación. No se cuida la originalidad en la escuela ni en la universidad. Por el contrario, se atropella todo el tiempo. Hay una desconexión entre lo que hace el profesor y lo que le pasa al joven, todos ellos leyendo en celular y ahora sacaron un proyecto de ley para quitarnos el celular. Están mal de la cabeza. Cuando lo que necesitamos es que todos saquen el celular”.

Sin dejarlos reponer del impacto, De Zubiría sentenció: “Hay una enorme disparidad entre lo que se hace en la escuela y lo que pide la vida. Y ahora nos han dicho que la universidad es para preparar para el trabajo. No les crean. Porque no solo vinimos al mundo a trabajar. También vinimos a enamorarnos, a soñar, a leer poesía, a ver un amanecer, a convivir, a pensar, a analizar, a discutir políticamente… ¿Entonces dónde vamos a aprender eso? Si  quieren que no se haga ni en el colegio, ni en la universidad, ni en el chat, ni en la familia, entonces dónde. Ahora sí autistas nos vamos a volver”.

En la siguiente diapositiva tenía guardada el equivalente a su bomba atómica. Para ello citó al expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien afirma que “tal como vamos, los depósitos de conocimiento no van a estar dentro de nuestras cabezas, sino ahí afuera. Ahí va a estar toda la información, todos los datos, todo lo que ya se sabe. En otras palabras, van a estar todas las respuestas. Lo que no van a estar son todas las preguntas. En la capacidad de interrogarse va a estar la cosa. En la capacidad de formular preguntas fecundas, que disparen nuevos esfuerzos de investigación y aprendizaje”.

En palabras de Julián de Zubiría: “Uno va a la universidad no a oír las respuestas, sino a generar las preguntas. Uno debería ir a la universidad a hacerle preguntas a la vida. ¿Así es la universidad? ¡No!”.

jueves, 4 de abril de 2019

“La docencia es apasionar a un joven y desarrollar unos procesos”: Julián de Zubiría Samper


(Esta entrevista la publiqué en la edición 475 de Vivir la UNAB, en circulación desde el 31 de marzo de 2019)


“Yo dediqué mi vida a transformar la educación, pero me di cuenta tarde que casi no se puede, porque cambiar la educación es cambiar las maneras de pensar, de sentir, de valorar, de actuar… y eso es cambiar la cultura. Estoy aterrado de lo lento que cambia la universidad”. Esta frase sale de lo profundo del corazón de Julián de Zubiría Samper, ese bachiller del Gimnasio Moderno (Bogotá) que desde hace muchos años se convirtió en un referente en Colombia y quien también ha dicho que “un joven tiene que ser rebelde y esperanzador. Esas son las dos características esenciales de la juventud. Bien orientadas, pueden llegar a cambiar el mundo. Mal orientadas producen desastres. De allí la necesidad de contar con buenos docentes y con padres y madres con quienes hablar”.

Este librepensador de apellidos aristocráticos estuvo en la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) el pasado 7 de marzo invitado por la Facultad de Ciencias Económicas, Administrativas y Contables, y después de una charla sobre las reformas que demanda la universidad, atendió esta entrevista en la que un punto de partida es que “los jóvenes no saben leer y los niveles de argumentación, de deducción, de autonomía, de competencias ciudadanas, de lectura crítica, son bajísimos”.


Se refiere a una Colombia en la que el 0,9 de los muchachos leen críticamente y el 43 por ciento no entiende una idea, pero que así las cosas al llegar a las aulas universitarias sus profesores les ponen cientos de fotocopias por semana y hasta a escribir ensayos. Un país en el que, por ejemplo, el 73 % de sus estudiantes está de acuerdo con una dictadura si esto trae beneficios económicos y en el que uno de los mayores estafadores de la historia se graduó de una universidad capitalina con una tesis meritoria sobre ética y responsabilidad social de las empresas.

“¿De qué le sirve a una sociedad que se nos gradúen abogados si creen que el derecho no tiene que ver con la ética? ¿De qué le sirve a un país que se gradúen contadores que les digan a las empresas que evadan los impuestos? No se trata de tener profesionales, sino de profesionales más éticos, más críticos, mejores ciudadanos y mejores seres humanos. En esa tarea las universidades colombianas desde hace mucho tiempo están perdiendo el año, porque no se han dado cuenta que esa responsabilidad les corresponde”, reflexiona De Zubiría Samper.


En su opinión, nadie que no lea puede aprender Economía –por citar un caso–, porque los ensayos económicos son argumentativos con un lenguaje especializado. Así que el joven que no tenga pensamiento hipotético-deductivo o que no tenga lectura crítica, no puede aprender ninguna ciencia.

Confiésenos cuál es su propósito central cuando dice tantas cosas y tan directas.

Ponerlos a reflexionar. Yo creo que las universidades y los docentes universitarios están muy dormidos, muy acomodados y como asegurados de defender lo que han hecho y eso es un obstáculo muy serio para la formación de las futuras generaciones. Lo que quiero es mostrar que es necesario repensar la escuela, que se puede hacer, que algunos ya lo están haciendo, que muchísimas universidades han introducido modificaciones sensibles en sus modelos pedagógicos y currículos, pero que desafortunadamente América Latina está avanzando a un ritmo muy lento de repensar tanto la básica como la educación superior. La básica tiene una ventaja y es que los profesores son conscientes del problema, mientras que en la superior no lo son porque suponen que el problema es externo y que el problema es de la básica. Eso no es cierto. Son parte del problema, porque al fin de cuentas dónde se forman los maestros. Entonces el principal objetivo es mostrar la necesidad de repensar la educación.


¿Es un problema de ‘vacas sagradas’?

Sí, en las universidades ese es un asunto muy delicado porque hay un buen grupo de profes -no sé qué término usar-, pero enquistados, totalmente atornillados, que sí son un obstáculo porque la academia no funciona así. La academia no funciona con ‘vacas sagradas’ sino con argumentos. Entonces sí le hace mucho daño a la renovación y a la revolución pedagógica que se requiere a nivel universitario la sensación de que yo soy una ‘vaca sagrada’. Y curiosamente en las universidades pasa un fenómeno muy extraño, que es que magistrados y economistas muy famosos, por poner un ejemplo, creen que como son muy buenos magistrados o economistas también son muy buenos docentes y son dos cosas distintísimas. Para ser buen docente hay que tener otras competencias distintas. Es muy común incluso lo contrario: que muy buenos magistrados y economistas no suelan ser tan buenos docentes. La docencia es otra cosa. Es apasionar a un joven, es desarrollar en un joven unos procesos. Hemos encontrado que eso no lo puede hacer quien no reflexione sobre los procesos que él vivió en la comprensión de los conceptos que él tiene.

Personas como el exprocurador Alejandro Ordóñez Maldonado dirían que usted se la fumó verde, porque se atreve a afirmar que los estudiantes no deben ir a la universidad a aprender, sino a soñar y debatir, entre otros menesteres.

Alejandro Ordóñez es un muy buen representante del periodo de 1880 en Colombia. Él está desfasado un siglo básicamente. Él es una persona muy enfática con los principios de la Regeneración y los debates que ha planteado fueron debates que se dieron más o menos en el siglo XV. No necesitamos que un futuro ministro, por ejemplo de Educación, sea un quemador de libros sino que ponga a leer, a discutir, a analizar e interpretar los libros. Habla muy mal de un país que alguien quemó libros porque los ve peligrosos. Yo lo que veo peligroso es que los jóvenes no lean, no entiendan, no interpreten, porque esos jóvenes que no leen, no entienden y no interpretan son muy fáciles de manipular y engañar. Ordóñez solo sería alguien que el país debiera pensar en él si creemos que las soluciones a los problemas del siglo XXI están en el siglo XIX. Él representa unas visiones que están muy retrasadas tanto a nivel político, ético y social. Sus concepciones de familia y de estado no nos van a resolver nuestros problemas. Una persona discriminante y que además fue destituida por corrupción. Sería una desgracia alguien como él como futuro ministro de educación o de la familia.


Nunca como ahora el ser humano había dispuesto de tanta información. ¿Pero eso para qué sirve?

Es que es casi ilimitada. El problema no es la información, sino los instrumentos del pensamiento y los procesos del pensamiento para poder interpretarla y analizarla.

Es que si no entonces aparecen encuestas en las que el 2 por ciento de los estadounidenses dicen decididamente que la Tierra es plana o solamente un 66 % de los jóvenes entre los 18 y 24 años de edad cree firmemente que el mundo es redondo.

Y si hiciéramos encuestas de ese tipo en Colombia el fenómeno sería más alto. Tanto en Colombia como en Estados Unidos la educación básica es igual de mala. La educación básica norteamericana es muy mala desde el punto de vista de procesos de pensamiento, de metacognición y de conceptos. Lo que hizo Estados Unidos fue concentrarse en una población muy reducida a la que apoya mucho. Es un país que hace muy buena educación para más o menos el ocho por ciento y es malísima para el resto. Colombia ha tomado una ruta parecida. Aquí tenemos una buena educación para el cuatro por ciento de la población y muy mala para la gran mayoría. Por algo en Estados Unidos eligen a un presidente que tiene tesis del siglo XV, que sostiene que la solución a los problemas es armar un muro. Esa fue una tesis frecuente entre los soberanos en el siglo XV, pero en el siglo XXI quien plantee esa tesis no entiende el mundo.


¿Por qué un tipo de ‘dedo parado’ como usted defiende con tanto ahínco la educación pública?

Porque una democracia que no fortalezca su educación pública no es democracia. Es que la democracia es el gobierno de la población. Sócrates se preguntaba qué pasaría si la población no tuviera los criterios para elegir. Yo creo en la democracia, que la educación pública es una condición y que hay que fortalecerla. Yo he visto muy buena educación pública superior y no es buena la educación pública básica. Pero no por culpa de los maestros, sino por culpa de un Ministerio de Educación, por falta de lineamiento curricular, por falta de formación de alto nivel, por falta de recursos… Por lo tanto es injusto decir que este país está mal por lo maestros. Hay una estigmatización de los maestros y una guerra declarada contra la educación pública y esa guerra es muy negativa para una democracia.

¿Quiénes están detrás de la guerra contra Fecode?

Esa guerra ha sido fuerte y un partido político, el Centro Democrático, en múltiples comunicados, trinos y declaraciones ha insistido en que el núcleo del problema son los maestros. Eso no es cierto. No hay ninguna duda de que existen problemas en la formación de los maestros. El nivel educativo de los estudiantes es crítico y los maestros tienen una parte de esa responsabilidad, pero la cuota fundamental recae sobre el Estado y la política pública del Ministerio. Por ejemplo en el periodo 2002-2010 se abandonó la educación pública rural y hoy estamos pagando las consecuencias. Un pueblo poco culto, que lee poco, que piensa poco, es un pueblo que la clase política manipula muy fácil. Y les meten el ‘coco’.

En países como Finlandia solamente pueden ser profesores los más brillantes, pero en Colombia muchos varados se meten a la docencia porque no encuentran más.

Porque es un país que valora poco la docencia y la educación. En el norte de Europa ser docente tiene un reconocimiento altísimo porque la gente sabe que si la universidad o los colegios fallan pues falla la sociedad. No hay un solo país que haya salido adelante que no invierta, apoye y promueva a sus maestros y a la educación. La ruta que tomó Colombia de abandonar la educación y la investigación es muy costosa y la estamos pagando en una cultura del vivo, en una sociedad con un tejido social destruido y una cultura muy adoptada desde las mafias, entonces no habría futuro si no invertimos y planificamos el proceso educativo.

¿Con qué soñaba usted de niño?

Con transformar el sistema educativo y de adulto ya mayor sigo con el mismo sueño. Veo que es un sueño muy difícil de cumplir, pero los sueños que hay que pelear no son los que uno gana, sino en los que uno cree y yo seguiré en este sueño.


 “La evaluación tradicional que usa el sistema universitario no funciona porque no orienta, que es el papel de una evaluación. En el modelo hay que pasar de enseñar una ciencia a enseñar a pensar científicamente. Pasar de una educación centrada en las respuestas a una centrada en las preguntas. La educación no tiene que ver con que usted sepa una cosas, sino que desarrolle unos procesos”, sostiene el investigador Julián de Zubiría Samper. / Foto Pastor Virviescas Gómez


“La educación no se hizo para que uno sepa, sino para que uno sea mejor persona: más humano, más solidario, más crítico, más interpretativo, mejor lector… Una persona que argumente y contraargumente”, enfatizó Julián de Zubiría Samper en su exposición llevada a cabo en la UNAB Bucaramanga, recomendando que de las clases en las que el profesor habla los 60 minutos se debe pasar a mesas redondas y debates en los cuales docentes y estudiantes participen por igual. / Foto Pastor Virviescas Gómez