domingo, 23 de diciembre de 2012

Crónica de Cuba


50 años del triunfo de la revolución

¡Viva Cuba… libre!

Fidel Castro y el socialismo han sobrevivido al embargo de Estados Unidos y esquivado los planes de la CIA. Dos de sus principales logros son la cobertura en salud y educación, pero también son evidentes las muestras de inconformismo y las expectativas de cambio ahora que el comandante ha renunciado.  

 
Al asesor presidencial José Obdulio Gaviria se le estrangularía la úlcera y al ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, le daría urticaria. En Cuba, la palabra “revolución” aparece hasta en la sopa de letras.

Desde el pasado 1 de enero (2008), esta isla caribeña está metida de lleno en la celebración de los 50 años del triunfo de los barbudos que bajo el mando de Fidel Castro Ruz y el argentino Ernesto “Che” Guevara, sacaron corriendo al dictador Fulgencio Batista e impusieron el socialismo como sistema de gobierno y de pensamiento.

En este país no hay vallas publicitarias que anuncien computadores, automóviles o toallas higiénicas, y aunque enero fue un mes electoral, tampoco nos topamos con postes o muros empapelados con las caras de los candidatos.

Lo que sí abundan son las proclamas en defensa del sistema y en contra de su archienemigo: los Estados Unidos de América, a quienes les aplican todo tipo de calificativos.

“Una semana de bloqueo equivale a 48 locomotoras”, reza una valla ubicada en la carretera sin huecos que de La Habana conduce a la ciudad de Matanzas. Y esta es apenas una de las tantas en las que se plasman los efectos del bloqueo económico decretado por Washington para asfixiar a las autoridades locales y provocar un cambio. Otras hablan del número de radiografías que dejan de tomarse o de los kilómetros que no pueden construirse.

Para el Gobierno cubano, el presidente George Bush encarna el mal y a él le dirigen todo tipo de consignas: “La obra de la revolución es indestructible”, “Las ideas justas son invencibles”, “Combatientes: patria o muerte”, “Vivimos y viviremos socialismo”, “la batalla de las ideas, nuestra arma política más poderosa”, “Aquí nadie se rinde” y “Seguimos en combate”.

Todo un aparato de propaganda montado para recordarle a sus 11 millones de habitantes que el convaleciente Fidel y su hermano Raúl no están dispuestos a dar su brazo a torcer frente a un sistema capitalista que asoma sus fauces a un poco más de 120 kilómetros al norte.

El mismo día en que se pisa esta tierra y sin que las autoridades de inmigración sellen el pasaporte para que el visitante no quede “marcado” para futuros destinos, se comprueba que la educación y la salud son para todos, que la cultura no es una excentricidad y que el analfabetismo es un término que apenas se encuentra en los diccionarios. Aquí el consumismo fue sustituido por el concepto de “justicia social”, tan extraño en otras latitudes.

José, el taxista, señala con orgullo el hospital de 900 camas que se yergue cerca al malecón habanero. Y a la pregunta de cómo van las cosas, empieza un monólogo en el que dirá que todo lo que aquí acontece es positivo y que si no fuera por el “demonio imperialista” todo estaría mejor.

Mezcla de guía turístico y agente encubierto, en las próximas 62 cuadras José relata el desembarco de Fidel a bordo del barco Granma, rememora la toma del Cuartel Moncada y la frustrada invasión de Bahía Cochinos, elogia a Castro y con nostalgia se queda mirando la foto del Che y dice: “tu ejemplo vive”.

Sin dejar de mirar por el retrovisor de su destartalado Buick que algún día fue de color azul, niega que en este país haya opresión o que abunde la miseria. Recomienda recorrer a pie la ciudad antigua y dice que no hay nada que temer, porque por donde se transite hay seguridad o quienes pretendan hacer algo indebido lo piensan dos veces porque la guardia les echará mano.

Antes de recibir los 8 CUC (un poco más de 16 mil pesos) que calcula vale el servicio -porque ningún taxímetros funciona-, asegura que el resto de América Latina está “jodida” debido a que tiene partidos políticos que sólo piensan en repartirse el poder, mientras que en Cuba “tenemos uno sólo, el Comunista, y todos vamos a votar complacidos por nuestro comandante”.

Otra cosa piensa Manuel, un estudiante universitario, padre de una niña de tres años, que se acerca a buscar conversación. “No le voy a pedir nada, no se preocupe, solamente quiero hablar, que me cuente de su país y, si quiere, que me escuche”.

Entonces, mientras dejamos atrás el tanque de guerra que sirvió a Castro Ruz para bajar de la Sierra Maestra y entrar victorioso a esta capital, empieza a contar su sueño de algún día poder emigrar a otro país. Sostiene que está harto de tener que conformarse con las libras de arroz, azúcar y manteca que le autorizan mensualmente y que en su opinión no cubren todas las necesidades.

Manuel estudia ingeniería porque el Estado le proporciona de manera gratuita la educación y porque le gusta, pero no está convencido de ejercerla a cambio de un salario que no llega a los 60 mil pesos colombianos.

Él es uno más de los miles de cubanos que en el segundo minuto de conversación, dejan a un lado el discurso oficial para el que han sido programados y ya están haciendo gala de sus dotes para el rebusque y el ‘mercado negro’. Ofrece en 80.000 pesos una caja de cigarros Romeo y Julieta que en la fábrica fácilmente vale el doble. Los tiene escondidos en una casa a la que hay que llegar con el mayor sigilo dado el temor a que se aparezca la policía o los mismos vecinos lo delaten.

Desenvuelve el paño rojo y aparece la caja de habanos que provocaría el delirio en un fumador. Tienen todas las características de un puro original, pero la simple advertencia de que en el aeropuerto exigen la factura de compra, nos hace desistir de la idea.

Entonces dice que conoce el lugar donde por menos de 25 mil pesos se consigue una descomunal langosta o que su tía prepara los mejores “mojitos” a una quinta parte de lo que cuestan en el bar en el que Ernest Hemingway releía las hojas a máquina de “El viejo y el mar”.

Como no se da por vencido entonces ofrece, por un tercio de lo que cuesta un taxi, el paseo en bici-taxi por los principales rincones de una ciudad comparable con la Cartagena de castillos, murallas y calles empedradas, tan sólo que abandonada a su suerte.

Salvo una que otra edificación en buen estado o restaurada, lo demás son centenarias casas de dos pisos en las que no se ha invertido un solo centavo en pintura o al menos cal. La Habana parece una ciudad envejecida para rodar una película. Las paredes se caen a pedazos, cinco siglos de historia están apunto de convertirse en ruinas.

A poca distancia está Lizeth, una guía que habla de los maravillosos balcones y les pide a las hordas de turistas canadienses que alisten sus cámaras porque en Cuba está el único museo rodante del mundo. Ellos, y nosotros de colados, nos ilusionamos, y con el dedo en el obturador nos enteramos que se trata de un vetusto Ford color rosa que hace 50 años fue último modelo y en el que seguramente se montó el mafioso italiano Al Capone con alguna de sus amantes cuando esta isla estaba convertida en el sitio de recreo y perdición de los estadounidenses.

Detrás viene un “camello”, que no es más que un cabezote de tractomula halando una jaula con dos jorobas donde se apretujan decenas de peatones que no tienen el dinero para subirse a un taxi o a uno de los automóviles particulares que también prestan el servicio.

El recorrido se prolonga por interminables calles en las que antiguas mansiones de millonarios que se fueron a vivir a Miami -aquí llamados “gusanos”-, fueron expropiadas y hoy están convertidas en hogar de seis, ocho y hasta diez familias cuyo espacio se reduce a un cuarto transformado en habitación, sala, patio y bodega.

Más allá está el barrio Miramar, sede de las misiones diplomáticas y las multinacionales que aún aquí han encontrado un mercado para hacerse más ricas. Sobresale un horroroso edificio amarillo que en los tiempos de la Guerra Fría fue un referente obligatorio, quizás el principal: la embajada de la antigua Unión Soviética. Un búnker inexpugnable en el que los cubanos se fijan poco porque su mirada ahora la tienen puesta en un nuevo aliado, China, que les proporciona tecnología, maquinaria y vehículos, a unos precios que se acomodan a los cientos de millones de divisas que por concepto de turismo, tabaco, azúcar y ron recibe el Gobierno de Castro para seguir sobreviviendo, sin dejar de lado las remesas que envían a sus familiares los 1,2 millones de cubanos residentes en Estados Unidos.

Es también el sector de lujosos hoteles operados en convenio con cadenas españolas, principalmente, donde de la puerta para adentro se vive como en otro mundo. Hasta allí no se acercan las mujeres a mendigar un jabón o crema de dientes, tampoco los vendedores de libros con los mil y un discursos de Fidel; a lo mejor sí las “jineteras”, unas corpulentas mujeres morenas que son la sensación para los europeos que caen en sus brazos.

En estos hoteles de cinco estrellas el vino le da paso a la champaña, mientras los postres y helados se derriten en la mesa del antojado que atiborró su plato y apenas probó dos cucharadas. El dilema más grande es si elige salmón o más bien se devoran los diez langostinos asados que Moisés sirve sin fijarse si el comensal está repitiendo.

La amabilidad es el sello distintivo de los meseros, a quienes les brillan los ojos cuando asoma la propina, en muchos casos equivalente a tres días o una semana de trabajo.

Detrás de ellos, impecablemente uniformados, los integrantes del trío que inician su repertorio con “Guantanamera” y no se van sin interpretar “Hasta siempre comandante”, la pieza de Carlos Puebla que mantiene viva la imagen del “Che”, el icono de la revolución que Jaime, cuando no está prestando el servicio militar obligatorio, vende en camisetas y gorras en las paradisíacas playas de Varadero.

Jaime es un fornido soldado de la patria que está dispuesto a dar su vida por Cuba y por la revolución si Estados Unidos algún día se anima a pasar de las palabras a los hechos e ir a un conflicto armado. Pero también es de los que como Mario, el salvavidas, o Pedro con sus cocteles de piña colada, mira de reojo hacia las aguas del Caribe y para sus adentros dice que si no fuera por los tiburones, el “sueño americano” estaría a un día de distancia.

Sin embargo, más que los escualos, el sistema los hace aterrizar en una realidad que es la Cuba de hoy. Convencidos o no de las ventajas del socialismo, deberán seguir “informándose” por los únicos dos canales de televisión o leyendo en el único periódico, Granma, los discursos de un octogenario Castro que nadie ve pero que está en todas partes. Los periodistas disidentes están en prisión o su voz es acallada.

Unos oran porque se recupere de los graves padecimientos intestinales que lo aquejan; otros, en silencio por miedo, cruzan los dedos para que se muera y unos más osados, como Carlos, vaticinan que pronto habrá un nuevo lugar obligatorio que visitar: la tumba del comandante. Otros, como Antonio, sacan provecho a su modo. Él vende, escondida en una bolsa plástica, una sudadera de colores blanco y rojo idéntica a la que ha lucido Castro en sus últimas y esporádicas apariciones.

Un Fidel que adelantándose a la cumbre de este domingo, anunció que no aspirará ni aceptará el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe que figura en todas las placas de inauguraciones. Un Castor que madrugó el 31 de diciembre para preparar su anuncio sobre el significado de medio siglo de ‘resistencia heroica’: “Proclamemos al mundo con orgullo este récord que nos hace acreedores al más justo de los reclamos: que se respete el derecho a la vida y a la sana alegría de nuestra Patria. Por ese derecho lucharemos hasta la muerte.  Para los cubanos, hace más de un siglo, Martí lo proclamó: ‘¡Patria es humanidad!’”.

Castro, en el poder o en la sombra, no se cansará de hablar de un país que optó para siempre por la vía socialista que, según él, asegura “el bienestar y la felicidad plenos”. Es una leyenda viva que ha dado un paso al costado pero que seguirá combatiendo, hasta el último aliento, “como un soldado de las ideas”.

“Revolución es cambiar lo que haya que cambiar”, se lee en la valla camino al aeropuerto “José Martí”.

Atrás, a su propia suerte, y con los ojos de demócratas y republicanos puestos encima, ha quedado Cuba, el experimento ideológico y armado de la llamada “dictadura del proletariado” que Castro quiso exportar al resto del continente, dejando lecciones como las de El Salvador o Guatemala o heridas sin cerrar como el conflicto armado interno colombiano.

 

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De acuerdo con las cifras del Gobierno, los cubanos gozan de un sistema social que garantiza sus derechos básicos. El país dispone de al menos un policlínico equipado con servicios de ultrasonidos, rayos X, optometría, oftalmología y electrocardiografía en 111 de sus 169 municipios. Cuba logró en 2007 una tasa de mortalidad infantil de 5,3 niños menores de un año fallecidos por cada mil nacidos vivos, cifra que la pone a la vanguardia de América Latina, y también inferior a la de Estados Unidos. El 95% de los habitantes se beneficia con la cobertura de saneamiento. En materia de educación superior, Cuba debe llegar al primer millón de graduados en el año 2010.

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