viernes, 17 de octubre de 2014

La guerra y la paz de Colombia vistas desde EE UU

Con su menuda figura y la llama encendida por ver algún día a Colombia en paz que se refleja en el brillo de sus ojos azules, Virginia M. Bouvier, consejera para América Latina del Instituto de la Paz de los Estados Unidos de América (USIP), se paseó por la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) sin ninguna prevención o esquema de seguridad, sino entusiasmada por estar participando en el encuentro “Fortalecimiento de mujeres mediadoras en el conflicto armado colombiano: intercambio de experiencias y saberes”.

Así que después de intervenir en un panel junto a Alba Márquez, exguerrillera del Frente Farabundo Martí para la Liberación (FMLN) de El Salvador y hoy congresista; Carla Ruta, de la ong humanitaria suiza  “Llamado de Ginebra” y de Esperanza Hernández, investigadora del Instituto de Estudios Políticos (IEP) de la UNAB, Bouvier atendió esta entrevista exclusiva, no sin antes auscultar la visión del reportero.



El certamen, que se llevó a cabo del 30 de septiembre al 4 de octubre en el Auditorio Menor ‘Alfonso Gómez Gómez’ y en el Hostal UNAB, fue organizado por el IEP que dirige Carmen Lya Fernández, con el apoyo de la Agencia Usaid del Pueblo de los Estados Unidos y la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, ONU Mujeres.

Tomaron parte treinta mujeres indígenas y negras, víctimas del conflicto armado interno, funcionarias gubernamentales, delegados de ong internacionales y expertos en el tema como la exsenadora Piedad Córdoba Ruiz; Jonathan Richter, director de Programas de Usaid en Colombia; y Ana Teresa Bernal, alta consejera para los derechos de las víctimas (Alcaldía de Bogotá).

¿Qué es el Instituto de la Paz de los Estados Unidos?

Es una entidad financiada por el Congreso norteamericano, que fue constituida en 1984 así que estamos cumpliendo treinta años de existencia, con el mandato de contribuir a la prevención, gestión y resolución de conflictos internacionales. Y lo hacemos de distintas formas. Por ejemplo tenemos programas de financiación para apoyar a las gentes que están en las zonas de conflicto y que están buscando la prevención o tienen programas o procesos de resolución de conflictos o de construcción de la sociedad civil como un actor que puede ayudar a proteger los derechos humanos y promover la paz.

¿Su Instituto es ajeno a que quienes tengan la mayoría en el Congreso de su país sean demócratas o republicanos? ¿Depende de los vaivenes de la política interna? ¿O de los caprichos del presidente de turno?

No. Tenemos una junta directiva que por mandato es bipartidaria, con un balance entre estas dos fuerzas políticas. También contamos con varias personas que participan en la junta como funcionarios del Departamento de Estado y de la Escuela Nacional de Seguridad, así que la composición de la organización tiene ciertas protecciones para asegurar que no caigamos en el bipartidismo ni en una política de Estado. Somos independientes y autónomos, y una de las ventajas y logros que tenemos es que podemos convocar a todos los sectores y buscamos apoyar espacios de conversación sin tomar partido. Igualmente diría que respondemos bastante a la coyuntura política, porque hay debates muy difíciles y existe la necesidad de realizarlos, así que nosotros podemos ofrecer espacios de conversación mediada o facilitada con gente que no está de acuerdo entre sí.



¿Por qué están convencidos ustedes que las mujeres están llamadas a cumplir un rol de primer orden en la solución del conflicto armado interno colombiano?

Las mujeres llevan muchas décadas de jugar un papel en la construcción de paz y en la mediación de conflictos en sus territorios. Eso no hay que imaginarlo. Existen y es más cuestión de apoyar estos esfuerzos. Creo que las mujeres por haber sido tan invisibilizadas en la sociedad colombiana, a veces no se reconocen, no se estima que su participación cuente para algo. Y es que las mujeres hacen esto de una manera tan natural a veces que uno ni se da cuenta que está contribuyendo.

Una de las metas de este seminario-taller, que no hemos presentado como capacitación porque consideramos que esas mujeres ya han manifestado sus capacidades. Tienen capacidades, pero lo que no tienen es reconocimiento. Inclusive ellas mismas no se reconocen, entonces tratar de fortalecer sus capacidades de alguna manera comienza con un reconocimiento a lo que han logrado. Aquí ellas han compartido muchas experiencias que demuestran una perspicacia, una inteligencia, una persistencia, un esfuerzo de reconocer la humanidad del otro como la base de hacer un trabajo, que es un trabajo de mediación pero también es un trabajo de cómo resolver conflictos, cómo prevenir la violencia en sus comunidades, cómo prevenir desplazamientos, cómo manejar unas situaciones muy difíciles de conflicto armado y de cómo encontrar soluciones a nivel local.

De todos estos relatos que ha podido escuchar en este encuentro, ¿cuál ha sido el que más le ha impactado a pesar de que usted ha presenciado tantas experiencias dolorosas y traumáticas en este continente?

No sé en cuanto a la confidencialidad de lo particular si puedo destacar algo específico, pero yo diría que aquellos casos de secuestro de familiares, donde las mujeres han buscado la liberación de sus seres queridos y lo han conseguido. Puedo destacar el trabajo de Marleny Orjuela (Asociación de Familiares de Policías y Militares secuestrados por la guerrilla, Asfamipaz), que centenares de policías y militares capturados por las Farc han sido recuperados por el trabajo de ella. En otros casos las negociaciones con paramilitares que han hecho cerco a una comunidad y que por la valentía y la audacia de una mujer o un grupo de mujeres se han ido después de conversar con ellos y enfrentarlos, un poco reclamando su derecho a asumir esa vocería, para defender a los suyos y también la trayectoria de la mujer en la zona. En algún caso que oí los paramilitares entraron a una población y atemorizaron a todos sus habitantes, pero una mujer fue con algunas compañeras a reclamarles “con qué derecho están ustedes aquí amenazado que no podemos seguir, si nosotros llevamos décadas en esta zona. ¿Ustedes cuándo llegaron? ¿Qué derecho tienen?”. Diciéndoselos así, cara a cara. Lo mismo el caso de personas que estaban bajo amenaza por un sector u otro, y que fueron directamente a enfrentarse con los actores armados para preguntarles “¿qué quieren de mí?”, y que por la valentía de la mujer los actores armados que estaban presionando, intimidando o extorsionando dejaron de hacerlo. Un poco el reconocimiento de la valentía cuando las mujeres se ponen bravas, que ya los actores armados no pueden ponerle la cara y se ven obligados a retirarse. Igualmente cuando uno de los comandantes de las Farc lloró al estar enfrentado con un familiar que reclamaba por un pariente secuestrado. Hay muchas experiencias no contadas y las mujeres han trabajado en cierto silencio. No buscan la visibilidad y simplemente hacen su trabajo cuando algo pasa con una comunidad o con un familiar, y ha sido necesario ponerse en frente de la situación para resolver el problema.

¿Estas mujeres odian? ¿Quieren venganza?

Nada, nada. En los seminarios-talleres una de las cosas que se ha planteado es que de la mediación no se puede hacer un lugar de odio, porque no funciona y porque hay que ir con una apertura, una perspectiva de no juzgar al otro, de tratar de entender al otro y sus puntos de vista para poder negociar algo.

En este espacio hay muchas mujeres muy diferentes, que no están de acuerdo entre ellas, y el aceptar a la otra es una gran ganancia. Aquí por ejemplo hay varias excombatientes que han firmado pactos de la paz y que han entrado a la vida civil en Colombia, que están presentes en este seminario, y algunas de ellas contaron de sus experiencias, de su opción no por la guerra pero de su frustración por no encontrar espacio y una exclusión política que no dejó posibilidades de más justicia digamos, y que en cierto momento se dieron cuenta que la vía armada no era una opción adecuada y tomaron decisiones con mucha valentía de entrar en la vida civil.

Y después de uno de los testimonios sobre esta experiencia, una mujer desplazada que ha sido víctima de todos los grupos armados y su comunidad también, hizo su intervención con lágrimas y dijo: Yo tengo una historia donde mi comunidad ha sufrido bastante a manos de las guerrillas y de los paramilitares, y nunca se me ocurrió que los individuos de estos grupos tienen sus propias historias también, y que podría haber un deseo de paz entre ellos. Fue un momento muy emocionante.

¿Cómo comprender desde afuera que en este país hay gente que le sigue apostando a que fracasen todos los intentos de buscar una salida negociada y que esto se acabe de incendiar?

Es que hay muchos intereses en la guerra. Cuando se termine la guerra hay sectores que van a sufrir una reducción de sus fondos. La meta es pensar en cómo reducir este sector de la población, de crear oportunidades para quienes pueden perder con la paz, de buscar incorporarles en la sociedad de una manera en la que ellos también sientan que tienen un lugar y un trabajo digno.

En las conversaciones en La Habana (Cuba) no se ha contemplado una reducción de las Fuerzas Armadas, pero creo que hay que reconocer que si no hay guerra habrá que reacomodar las estructuras del poder y los presupuestos. Entonces hay que tratar de minimizar el temor de lo que puede pasar y buscar realmente alternativas para que los militares que han prestado servicio a la Nación en estas guerras durante tantos años, no sean aislados de la comunidad y del Estado. Ellos han jugado un papel, hay un reconocimiento de eso, así uno esté de acuerdo o no con la guerra, pero muchos han prestado servicio muy honorable y algunos otros no. Hay que separar eso también, hay que buscar la justicia para asegurar que toda la institucionalidad no sufra de acusaciones, sino que se identifique a quienes han abusado del poder, para limpiar la institucionalidad. No hay que dejarlos a un lado en el proceso.

Yo creo que el presidente (Juan Manuel) Santos ha hecho un trabajo muy interesante por buscar incorporar a los militares y policías en el proceso de paz, para asegurar que ellos se sienten parte de esa transición a una nueva etapa para Colombia.

¿La viuda o la huérfana que se sienta frente al victimario y le da la mano es una cobarde, como piensan algunos descerebrados, o que se volvió cómplice de ellos? ¿Cómo ven ustedes estos encuentros que se han venido dando en La Habana?

Esto de la reconciliación es un tema bien complicado. Hay dos niveles: uno personal e individual, y otro de la sociedad. El perdón personal nunca debe ser una expectativa de la sociedad, porque es una decisión de cada quien, e imponer una carga a la víctima por esto encuentro como una revictimización muy fuerte y equivocada. Sin embargo, ha habido muchas personas que han logrado llegar a sentir la necesidad de perdonar al otro. Eso viene a través de un proceso largo. No es una cosa que se puede decir que sí o decir que no. Es un proceso y tiene mucho que ver con los reclamos para la verdad y que no se puede perdonar lo que uno no sabe. Hay que saber de qué se perdona y hay que tener algún reconocimiento por parte de la persona que hizo mal de lo malo que ha hecho.

Yo encuentro una capacidad y un deseo de perdonar entre muchas víctimas, no todas, pero un deseo de personar para sanarse la víctima en sí, algo que tiene más que ver con la necesidad de sanación personal, de no querer vivir con el odio hacia el otro. Eso viene con la verdad, la justicia y la reparación. La reconciliación puede venir sólo en condición de que las otras situaciones se cumplan, así como las garantías de no repetición. Eso también sería lo más importante para la mayor parte de las víctimas. Ellos quieren garantías de que nunca se repita de nuevo y que no haya otras víctimas que tengan que sufrir como ellos y ella han padecido.



¿Para el Instituto de Paz de EE.UU. está claro que lo que se está negociando en Cuba es el fin del conflicto armado interno y no la paz, que implica muchas cosas más que el silencio de los fusiles?

Esa es una buena diferencia la que haces. Nosotros creemos que se está conversando para poner fin al conflicto armado interno en Colombia. Reconocemos sin embargo que la mayor parte de la violencia en este país no viene del conflicto entre las Farc y las fuerzas del Estado, y que tampoco todos los actores armados del conflicto están en La Habana. Debe haber un proceso de paz con los ‘elenos’ (Ejército de Liberación Nacional, ELN) para ponerle un punto final al conflicto armado, y también algunos arreglos con el EPL (Ejército Popular de Liberación).

Hay que pensar en un proceso de paz en Colombia como un proceso muy comprensivo e integral, que incluyera a todos los actores armados. Segundo, el proceso de negociación colombiano ha hecho tantas cosas innovadoras, una de ellas es esta comisión histórica de esclarecimiento del conflicto y sus víctimas. Lo que esta comisión puede ofrecer es destacar el hecho de que no es una negociación entre las Farc y el Gobierno colombiano lo que va a terminar el conflicto, porque hay muchas víctimas de muchos sectores y que hay que de nuevo tener un acercamiento integral al problema.

Para hacer un acercamiento integral hace falta entender el problema en su totalidad. La violencia del conflicto armado viene a ser una minoría de las violencias que existen en Colombia, que todas tienen vínculos entre sí pero creo que no se ha tratado todavía de desarmar estas otras violencias de los conflictos sociales. Por ejemplo pensando en el tema de Género, no se ha reconocido la relación entre la violencia contra la mujer y la violencia intrafamiliar y el conflicto armado, pero si uno hace un análisis de distintas dimensiones del conflicto, digamos el desplazamiento, algunos estudios han demostrado que un quince por ciento de los desplazados lo han hecho por razones de amenaza de violencia sexual o intrafamiliar. Ese es un impulso que hace repetir el conflicto. Si uno mira los cuestionarios que se han hecho a excombatientes, muchos de ellos al preguntarles por qué se juntaron a un sector armado como el quince o veinte por ciento responde que por violencia o por abuso sexual en su familia que dejaron la casa. Ese es otro factor que impulsa a la guerra y se convierte en un ciclo de violencia porque al final otro aspecto es que cuando los excombatientes vuelvan a sus casas para las mujeres la violencia aumenta. Entonces si la violencia aumenta en la casa ya se inicia el ciclo de nuevo y los jóvenes se van porque hay más violencia.

Entonces si uno piensa después que la violencia contra la mujer forma parte de las lógicas de la guerra, uno se pregunta: ¿Y cómo se interrumpe este ciclo? Lo que se sabe de la prevención de violencia contra mujeres, contra cualquier grupo, es que pasa dentro de un contexto de discriminación y maltrato de ese sector. Entonces si la violencia contra la mujer se permite existir por una idea de la sociedad de que la mujer tiene menos valor que el hombre, hay que buscar la manera de hacer más equitativa la relación entre la mujer y el hombre, para que la sociedad entienda que la mujer tiene la misma dignidad y los mismos derechos que el hombre.

Es algo complicado y la gente no capta muy bien los matices de la importancia de la participación política de la mujer, y crea un nuevo contexto en el cual no se acepta la violencia contra la mujer y si no se acepta la posibilidad de una renovación de la guerra es latente.

Cuando oye al propio Gobierno admitir  que en Colombia hay seis millones y medio de víctimas (600 mil de ellas en Bogotá), luego oye a unas mujeres que dicen que el conflicto continúa con igual o mayor fragor en poblaciones del Cauca como Santander de Quilichao o en El Catatumbo (Norte de Santander), ¿usted es optimista de lo que viene o este es un sueño?

Hay que manejar las expectativas y hay mucha carga en el Estado de resolverlo todo. Sabemos de otros procesos de paz que con la firma de unos acuerdos las cosas no cambian de manera inmediata, porque se requiere cierto trabajo, hacer nuevas institucionalidades, tramitar leyes que deben ser discutidas y aprobadas, y demanda de un apoyo desde la sociedad para el cambio. Creo que en Colombia se ha estado construyendo desde la base la paz, desde hace mucho tiempo y no es que aquí se comience de la nada, sin embargo  hay como una falta de articulación entre lo que está pasando en los territorios y lo que pasa en el nivel central. Tengo la confianza y el optimismo de que se va a firmar algo en La Habana. El balance de los poderes acá en Colombia es  difícil, hay muchos en contra, pero el anhelo popular sigue siendo para la paz. Hay una apuesta por la paz muy fuerte acá. Lo que no veo tan claro es cómo traducir esa firma en cambios reales y concretos en los territorios, y hay un escepticismo por parte de muchos en los territorios porque no hay cese bilateral de fuego, y la guerra para ellos se está intensificando en muchas regiones, entonces ven una situación compleja entre tener un proceso de paz y el vivir la guerra.

Además, algo que hemos aprendido de la violencia en los procesos de paz es que en muchos casos cuando se acerca la firma final de un acuerdo la violencia se destapa. Eso va a pasar y está pasando. Yo interpreto tantas amenazas en las últimas semanas contra los defensores de derechos humanos, contra los periodistas, contra los reclamantes de tierras y contra las víctimas, casi como un reconocimiento de que lo que pase en La Habana pueda llevar a un acuerdo, y hay gente que está con mucho temor de lo que puede significar para ellos y están reaccionando. En Irlanda del Norte, en Sudáfrica, en El Salvador, la violencia se destapó justo antes de la firma del acuerdo de paz, pero la sociedad civil y el gobierno en todos los casos supo acumular fuerzas con el aumento de la violencia y usar la violencia para decir es más urgente que nunca que llegáramos al final y firmemos un acuerdo de paz, en vez de decir es que hay una contradicción y si hay violencia hay que parar el proceso. Ya se está entendiendo más esa lección del Caguán cuando se descarriló el proceso por las violencias, por el avión secuestrado en particular. Esta vez lo que yo veo en cambio es una decisión muy clara de rodear el proceso hasta que termine. Eso ayuda.

El otro elemento es entender que en los procesos de paz se usa la violencia para ganar cosas en la mesa. En el caso colombiano no ha funcionado así. El uso de la violencia durante procesos de paz en el pasado y ahora, crea escepticismo y puede socavar el proceso porque la gente no cree en un proceso que no puede disminuir la violencia que están viviendo. Esta es una de las razones por la que muchos sectores están reclamando un cese bilateral del fuego.

¿Si no es por el diálogo y las negociaciones, cómo más se puede poner fin al conflicto armado interno en Colombia? ¿Esto cómo se ve desde Washington?

La opción militar ya no tiene apoyo en el exterior. Todo el mundo está reclamando una resolución política a un conflicto que tiene sus aspectos políticos. Y si uno mira los borradores y acuerdos preliminares que se han hecho en La Habana, tocan los temas estructurales del conflicto: reforma agraria, desarrollo integral y participación política. Este conflicto ha tenido  raíces en la cuestión política y es cuestión de una modernización de la democracia. No es nada radical lo que se está pidiendo. Ahora, en cuanto a las drogas y cultivos ilícitos, si bien no era un generador inicial del conflicto ha contribuido en su parte a la perpetuación del conflicto. Así que tenemos los tres factores principales que han dado origen al conflicto. Entonces creo que es un buen inicio, y víctimas y fin del conflicto se están conversando ahora. La apertura a las víctimas en la mesa de conversaciones en La Habana ha sido algo extraordinario, único, pionero en el mundo en cuanto a procesos. Colombia está construyendo un camino nuevo que va a ser replicado o al menos considerado en todos los otros procesos que existen en el planeta, porque abre nuevos espacios y nuevas formas. El tema de la participación política en particular es muy importante y allí el de la mujer, no sólo como víctima sino porque las mujeres tienen muchas propuestas y visiones diferentes que pueden ofrecer. Por eso la importancia de la subcomisión de género que se abrió en La Habana, porque crea nuevas oportunidades para las mujeres de contribuir a parar de una vez por todas este desangre.

¿Qué tan sincera es la actitud de Estados Unidos para que en este país se acabe la guerra, y más si nos ponemos a mirar la posición de su Gobierno en temas como Siria, Irak y Afganistán, o en un pasado no muy remoto en El Salvador, Nicaragua y Guatemala?


Es una pregunta que tiene muchos matices. El Instituto de Paz no toma posiciones políticas tal cual y tratamos de mantenernos como terceros que ofrecen espacios de discusión para buscar apoyar opciones no militares alternativas. En cuanto al trabajo en Colombia, la verdad es que este país no ha sido prioridad en estos años dentro del esquema del Congreso de Estados Unidos ni del Ejecutivo. Hay mucho debate sobre el papel de los Estados Unidos en Colombia, la mayoría a partir del ‘Plan Colombia’ y la lucha contra las drogas. Hay  una pluralidad de intereses de los Estados Unidos en Colombia: intereses comerciales con el Tratado de Libre Comercio (TLC), las drogas, en ciertos momentos la contrinsurgencia, en otro el contraterrorismo… Veo que en los últimos años ha habido una apertura hacia la paz, por lo menos en América Latina, y en el caso de Colombia se ha visto un deseo de apoyar una salida pacífica, que se ve que hay una posibilidad de lograr un acuerdo de paz y que hay que apoyarla. Estados Unidos no está en la parte por la guerra.

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