domingo, 3 de febrero de 2013

Humberto Sánchez, ¡Eso es mucho naif!


Humberto Sánchez expone su obra en Fusader y habla de su vida dedicada a la pintura.

Humberto Sánchez Sepúlveda se está quedando sordo. Por eso cada pregunta hay que decírsela cerca al oído y en alto volumen, como si se le estuviera regañando. Pero a sus 75 años, este bumangués mantiene la sensibilidad, el trazo y las demás cualidades que lo han consagrado como de los exponentes del arte naif en el entorno local.
Humberto escasamente llegó a cuarto de primaria en la escuela, no habla francés, no tiene Blackberry y ni siquiera sabe quiénes fueron un tal Miguel Ángel o ese otro señor Picasso. Sin embargo, con los detalles, el colorido y su autenticidad ha conquistado el reconocimiento de quienes sí han pasado por una academia y le llaman ‘maestro’.


Desdeñado por quienes se consideran doctos en la materia o por aquellos que prefieren una litografía de Botero en su sala para que les haga juego con la alfombra y el sofá, el arte naif tiene un lugar en la historia y Humberto Sánchez un rincón para los que aún se dejan sorprender por el amarillo intenso de un toche, la iguana de mil tonos, el bodegón o el paisaje primitivista de la casita, la vaca, el árbol y la quebrada.
Como si se tratara de un niño que por primera vez toma un pincel, Sánchez cumple a cabalidad los dos requisitos de esta corriente que nació a fines del siglo XIX en Francia -con Henri Rousseau a la cabeza-, Estados Unidos e Inglaterra: no cesar en la búsqueda de esa infancia perdida y preservar la ingenuidad -ignorancia si se quiere- de las teorías y técnicas empleadas por los clásicos.


Autodidactas, aficionados o como se les quiera calificar o descalificar, Humberto y sus colegas son protagonistas de una pintura carente de perspectiva pero repleta de colorido y unos contornos tan definidos que se llega a pensar que han sido hechos bajo la lupa.
Por estos días su obra está expuesta en Fusader de la calle 37 número 24-62, donde su amigo Luis Álvaro Mejía le ha colgado 25 cuadros de pequeño formato, justo detrás de la pared que separa esta sala de la librería Tres Culturas, donde seguramente en las noches los espíritus de Rembrandt y Van Gogh salen de las enciclopedias a murmurar y retozar.


A quienes le visiten, Humberto les contará que a pesar de que sus padres jamás le dieron apoyo y que temprano en la vida se quedó viudo, fue capaz de levantar a sus siete críos con los pocos centavos y luego pesos que le daban por sus pinturas. Incluso, si se demoran unos minutos más, les hablará del poco afortunado ‘Señor en el huerto’ que les regaló a los sacerdotes redentoristas, quienes prefirieron esconderlo en sus catacumbas antes de condenarlo al fuego eterno.

El hijo de Juan Victorino e Isabel habla con orgullo de sus primeros días haciendo vacas y ovejas en arcilla, y cómo al ver los cuadros que decoraban la casa de Lope Carvajal Peralta tomó impulso para inspirarse en el canto y plumaje de azulejos y mirlas, en las flores de los búcaros, en la brisa de los bambúes, en los troncos de los caracolíes, en las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia...


Vive agradecido de don Alejandro Galvis Galvis y Zorayda Uribe D’Silva, quienes le permitieron hacer su primera exposición a comienzos de los años ochenta, cuando uno de sus cuadros fue a parar al estudio del entonces presidente venezolano Carlos Andrés Pérez.
Hoy sigue trabajando en su parcela de bajos de Ruitoque, sin resignarse a archivar su pincel, porque la pintura al óleo es el aliento que le permite despertarse con energía, como cuando de joven le compraban por encargo sus cuadros en el almacén Alba Luz de la carrera 15 entre 34 y 35, por esos días en que el centro de Bucaramanga no había sido tomado por los vendedores ambulantes.
“Arte naif yo creo que es lo que nace en la persona”, concluye el maestro Sánchez, como le decía con cariño Mario Hernández, otro reconocido pintor santandereano que valoró su producción artística.



 

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