martes, 16 de septiembre de 2025

Tributo a Don Guillermo Cano Isaza, un periodista de los que ya poco se ven

Han transcurrido 38 años y ocho meses desde que un sicario enviado por el capo del narcotráfico Pablo Emilio Escobar Gaviria disparó en repetidas ocasiones y acabó con la vida de Don Guillermo Cano Isaza (1925-1986) en la Avenida 68 de la capital colombiana, pero tanto su obra como los principios que defendió siguen vigentes para quienes dicen ser periodistas (de los más encopetados a los ‘cargaladrillos’) o aquellos que sueñan serlo.

Este 12 de agosto se cumplieron los 100 años del natalicio de este periodista bogotano que escribía con tanta firmeza, convicción, pruebas y decencia que hizo temblar a los más poderosos, tanto en el mundo de la delincuencia como en el de la corrupción y la política.

“Solo la independencia, el carácter, la objetividad y el buen criterio del periodista y de los medios pueden vencer estas tormentas terribles en el nuevo mundo amenazado por todas partes de la libre información” y “Necesitamos la paz para vivir civilizadamente y dejar de morir a destiempo y como salvajes”, escribía el autor de la columna dominical “Libreta de Apuntes” y responsable de muchos de los editoriales con los que El Espectador le plantó cara a quienes reiteradamente atacaban con palabras y/o bala y bombas a toda aquel que perteneciera a la redacción de este periódico que es el más antiguo de los que actualmente se publican en el país y que en 1994 fue considerado por el francés Le Monde como uno de los ocho mejores del mundo.

Precisamente con motivo del primer centenario del nacimiento de Don Guillermo, la XXIII Feria del Libro de Bucaramanga rindió este sábado 23 de agosto un sentido homenaje en el que intervinieron dos de los principales estudiososy salvaguardas del legado de Cano Isaza.

Con conceptos, acontecimientos y frases precisas que conmovieron a quienes concurrieron a la Sala Editorial de Ulibro 2025 “Vidas Narradas”, los periodistas e investigadores Maryluz Vallejo Mejía y Jorge Cardona Alzate. Ella se ha desempeñado como profesora en las Universidades de Antioquia y Javeriana y es autora de libros como “A plomo herido. Una crónica del periodismo en Colombia 1880-1980” y “Xenofobia al rojo vivo en Colombia”. Cardona además de ser quien escribió los libros “Diarios del conflicto” y “Días de memoria”, ha sido docentes de la Javeriana y Los Andes, habiendo laborado durante tres décadas en El Espectador como redactor judicial, editor de esa sección y por 16 años como su editor general, tarea que fue recompensada en 2016 por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) con la entrega del galardón a un editor colombiano ejemplar.

Ellos aprovecharon su breve estadía en la capital santandereana para presentar el Premio Relatos de País, un concurso que busca honrar el legado de Don Guillermo y su profunda conexión con la vida en las regiones. Con él, la Fundación Guillermo Cano Isaza pretende construir una imagen de Colombia desde la mirada ciudadana que, a través de la escritura, resalte la diversidad cultural, las costumbres, tradiciones y el sentir regional que forman parte de nuestra identidad colectiva. Los participantes deberán compartir crónicas que no hayan sido publicadas ni parcial ni totalmente. Esos trabajos deben tener entre 6 y 10 páginas, enviarse en formato Word al correo fundacionguillermocano@gmail.com, anexando copia del documento de identidad, con fecha límite de recepción el 12 de noviembre de 2025.

Vallejo y Cardona también se refirieron a los tres volúmenes que la Biblioteca Nacional de Colombia editó recientemente como parte de la colección “El País de Guillermo Cano”. Son tres volúmenes: “Don Guillermo”, una biografía ilustrada en cómic; “El periodista”, una compilación de sus escritos; y “El maestro”, que explora diversas facetas de su vida y obra, incluyendo su defensa de la libertad de prensa. La colección está siendo distribuida gratuitamente en las bibliotecas públicas y se encuentra disponible para descarga libre en el sitio web de la Biblioteca Nacional que es www.bibliotecanacional.gov.co/es-co/colecciones/bibliografica/libro-digital 

En “Don Guillermo”, por ejemplo, convergen las sensibilidades, las miradas, los trazos y el estrecho vínculo que tienen sus autores -dirigidos por Pablo Guerra y Laura Valentina Álvarez-, quienes asumieron el bello desafío de interpretar gráficamente la cotidianidad del periodista y el país que le tocó vivir, reportear, interpretar y valorar, según ha destacado la entidad oficial.

Por su parte, “El periodista” es unaselección curada por Cardona Alzate de crónicas, columnas y editoriales escritos entre 1949 y 1986, que permite recorrer la historia contemporánea del país a través de la mirada aguda de Cano Isaza, el bachiller del Gimnasio Moderno que incursionó a los 18 años y desde abajo untándose de tinta, ese fiel hincha del Independiente Santa Fe y jugador de bolos, consagrado como uno de los más fervientes defensores a nivel nacional tanto del medio ambiente como de los derechos humanos, a la vez que como coordinador del Magazín Dominical y quien asumiría la dirección de El Espectador en septiembre de 1952, a pocos días del asalto e incendio de ese medio y de El Tiempo cuando el presidente designado era el conservador Roberto Urdaneta Arbeláez.

“El maestro” fue escrito por Vallejo y presenta siete perfiles que retratan las distintas facetas de Don Guillermo, desde su rol como editor riguroso hasta su defensa inquebrantable de la libertad de prensa.

En la charla de una hora se habló a profundidad de ese hombre que con disciplina y por vocación escribía a máquina, como en la que hizo lo propio el Nobel García Márquez cuando pasó por esa redacción. También del corajudo ser que no claudicó ante la tenaza del Grupo Grancolombiano con Jaime Michelsen Uribe a la cabeza y que desenmascaró al criminal Escobar Gaviria y a otros de su calaña como Carlos Lehder Rivas, Evaristo Porras y el clan Ochoa. Del periodista que puso en evidencia tanto a Alberto Santofimio Botero como a otros granujas del Congreso y que no se calló para denunciar los horrores del llamado “Estatuto de Seguridad” en los tiempos del presidente liberal Julio César Turbay Ayala o del grupo Muerte A Secuestradores (MAS) convertido en germen del paramilitarismo.  

Maryluz Vallejo manifestó que “Don Guillermo fue un hombre muy generoso, sencillo, y transparente, pero también muy severo y crítico. Él no era de los que estaba dando todo el día palmaditas y por eso a veces le tenían tanto miedo en la redacción a sus reacciones cuando se dejaban chiviar, porque él era muy decente y nunca subía la voz, pero ese ‘mijito, qué le pasó ayer’ ponía a temblar a los redactores y editores”.Un tipo dulce y suave, pero también duro cuando había que ser estricto y pedir cuentas.

A su turno, Jorge Cardona señaló que para él siempre será un gusto hablar de Cano Isaza (cuyos hijos Fernando y Juan Guillermo Cano Busquets asumieron la dirección del periódico después del magnicidio), en su criterio y en el de muchos colegas uno de los diez periodistas más importantes de Colombia en el siglo XX. “Un nombre fundamental al momento de hablar de la paz, de las memorias de la lucha contra la corrupción y de la defensa de los derechos humanos sin medias tintas. Guillermo Cano es un emblema del periodismo de este país y con orgullo vengo a Bucaramanga para hablar de su memoria y de la memoria que nos traza El Espectador en la accidentada vida de Colombia”, subrayó.

Maryluz concluyó: “Don Guillermo fue un tipo íntegro y honesto, que no tenía ambiciones políticas y entregado al oficio como un apostolado, porque para él el periodismo fue un servicio público”. Y Jorge sentenció: “Sin periodismo libre no hay democracia, no hay justicia, no hay paz, no hay derechos humanos, no hay libertad. Esta es una sociedad que tiene que defender el periodismo”.

Estos invitados especiales a Ulibro 2025 igualmente hicieron un reconocimiento a aquellos periodistas santandereanos que formaron parte de la historia de El Espectador: Silvia Galvis, Olga Marín Arango, Mike Forero Nougués, Clemente Forero, Luis de Castro Niño y sus hermanos Flavio y Humberto, Alberto Galvis Ramírez, Rafael Mendoza Quiñónez, Alonso Heredia Durán, Eulogio Uscátegui, Gloria Castrillón, Julio César Niño y César Mauricio Olaya Corzo.

La charla fue moderada por el reportero Pastor Virviescas Gómez, integrante de la Oficina de Comunicación Organizacional de la Universidad UNAB y quien en la última década del siglo XX ocupara el cargo de editor internacional y del tema del día del periódico de la familia Cano, que luego pasó al control de la Familia Santodomingo a través del holding Valorem S.A.

Escribir lo que no se nombra, el oficio de Brenda y Arianna

Lo que no se nombra no existe y hay demasiados fenómenos y situaciones de las que no se dice nada -o muy poco- simplemente porque el miedo, el tabú, la autocensura o la violencia misma imponen su ley. Pero en la XXIII Feria del Libro de Bucaramanga dos invitadas de honor se encargaron de esa difícil tarea bajo la moderación de la docente Jennifer Paola Umaña Serrato. Ellas fueron la mexicana Brenda Navarro y la venezolana Arianna de Sousa-García.

Navarro (Ciudad de México, 1982) ha sido redactora, guionista, reportera, editora, colaboradora de organizaciones defensoras de derechos humanos, fundadora del proyecto “Enjambre Literario” -que publicaobras de mujeres- y es autora de las novelas “Casas vacías” -que ha sido traducida a siete idiomas- y “Ceniza en la boca”.

De Sousa-García (Puerto La Cruz, 1988) es una periodista exiliada en Chile, que se desempeña como editora, librera y promotora de cultura. Es autora de “Atrás queda la tierra”, una conmovedora novela sobre el dolor que provocan el despojo y la violencia. “La historia de millones de venezolanos, pero también de todo quien haya tenido que sufrir el exilio… es el testimonio de la catástrofe de una nación que una madre le intenta contar a su hijo, un pequeño niño que no se siente parte de ningún país, sino de todos al mismo tiempo”.

Arianna compara esa misión de la escritura con el juego del gato y el ratón, persiguiendo las palabras para poder narrar hechos dolorosos como el de la migración, un camino que han debido tomar ella y millones de sus compatriotas que han tenido que cruzar las fronteras de su país en la búsqueda de un mejor futuro para sus familias. “Fue muy difícil y demandó mucho trabajo. Tuve que buscarlas mucho, pero cuando venían lo hacían en montón”, dice, contando que se demoró cinco años largos escribiendo su libro. “Forma parte de esa búsqueda de la palabra más cercana a lo que uno quiere referirse, a la construcción de la imagen más similar y en mi caso también al sonido, porque me gusta que el texto tenga una musicalidad y un ritmo que marque la lectura”. De Sousa-García lleva a cabo un ejercicio de cautelosa aproximación que por más que avance no termina.

En contraposición, Brenda piensa de partida en lo que sí se nombra. En sus dos novelas parte de hechos como la desaparición, en la primera, y el suicidio de un niño, en la segunda. “Todo lo que no se nombra es justamente lo que queda. A mí eso es lo que me interesa… lo que no parece trascendental de un acto público y cómo se vive”.

Navarro va detrás de esas cosas que no se nombran y que cuando ello se hace es poniéndole una etiqueta tipomigración, racismo o xenofobia. Lo que hace es dar un paso adelante para hablar del duelo, del descubrimiento de la crueldad de la vida y de cómo las relaciones de amistad y de familia son las que sostienen a una persona mediante la ternura. Es más fácil y llamativo quedarse en esos hechos, insiste, invisibilizando todo lo que está a su alrededor.

De la experiencia migratoria en concreto, Brenda señala que las narrativas oficiales han dichoque es un derecho humano porque todos tenemos la libertad de transitar por el mundo, pero por otro lado la migración tiene que ver con las fronteras y éstas son un negocio específico que permite que muchos estados-nación sobrevivan gracias a la explotación de las personas que migran. “Todo esto nos lo cuenta la narrativa oficial para generarnos miedo de migrar y nos ponen imágenes de gente sufriendo, de gente siendo asesinada y de gente que pierde a su familia, con lo cual nos están diciendo que migrar es malo y mejor quédate en tu lugar. El proceso migratorio viene de la propia condición humana y de cómo la condición humana ha hecho que el ser humano se quiera mover. Nos moveremos siempre y que nos nieguen esa naturaleza cultural es lo que me parece que hay que problematizar en la literatura y en todas las disciplinas artísticas”, contextualiza.

“La vida es movimiento y no podemos dejar que nos metan la idea de que las fronteras existen porque tienen que existir, y existen porque son un verdadero negocio”, afirma Navarro, quien pone en entredicho enunciados como que quien migra es criminal o que solamente cierta gente puede traspasar fronteras. “El lenguaje, las palabras, lo que no se nombra es lo que nos permite poder narrar esa experiencia migratoria que cuando la vivimos cuesta mucho relatar cómo lo hicimos y tiene que pasar mucho tiempo”, asevera.

Arianna comenta que cuando lo que está en juego es la vida y lo que sucede es el hambre, la desaparición y la muerte, su novela y las de su colega mexicana persiguen lo mismo: esa necesidad de nombrar lo que no ha podido ser nombrado.

De los cambios concretos que pueda generar una obra como la suya, De Sousa-García es escéptica. “Todo lo que podemos hacer desde la literatura tiene que ver con esa insistencia en nombrarlo”, acota, a la espera de que en realidad los gobernantes de turno generen políticas públicas que encaren y brinden soluciones efectivas.

“Casas vacías” le enseñó a Brenda Navarro que hay un dolor muy grande en el hecho de que alguien desaparezca y que las madres de los desaparecidos salieron a las calles a buscar a sus hijos con el afán de encontrarles vivos o, al menos, recuperar sus cuerpos. “Ahora tenemos en México una sociedad lo suficientemente consciente de que sabemos sobrevivir y de que debemos dejar de esperar en el sentido de la esperanza y de desesperar y salir a buscar otras formas de querer vivir. Son las madres de las personas desaparecidas en mi país quienes han puesto en jaque no solo al Gobierno y las narrativas oficiales, sino también lo que significan conceptos como justicia y dolor”.

“Con esperanza de darte una vida en la que pudieras bañarte, tomar la fórmula adecuada para tus alergias y tu hambre, porque en esos días ya comíamos poco y mal y de mi pecho brotaba cada vez menos leche, cada vez menos dulce, y tú llorabas de hambre y yo lloraba contigo hasta que encontrábamos alguna zanahoria y hacíamos ese colado que tanto te di o sucedía un milagro como ese día cuando salía del trabajo que vi una torre de peras de venta en una esquina. Hacía meses, quizás años, que no veía una. Pensé en ti. Ya tenías un año y nunca habías olido una pera, probado una pera, mordido una pera, nunca su jugo generoso había resbalado de tu boca…”, lee Arianna, con voz sentida,pensando en su hijo que leerá la novela cuando cumpla sus 15 años y marcada por la nostalgia que le generan grandes ausencias como la de su abuelo, a quien todos los días echa de menos.

De Sousa-García no calcula qué pueden decir sus lectores con respecto a lo que escribe, porque su encrucijada es entre el libro y ella. En él cuenta qué ocurre al interior de las casas y de las familias, aunque recupera noticias sobre la migración venezolana “para hacer notar algo que parecía que solo nos dolía a nosotros y llevarlo a un formato que sea más duradero que las redes sociales”.

Brenda también accede a la invitación de la moderadora y lee un fragmento para el público que llenó la Sala Editorial de Ulibro 2025 “Vidas Narradas” en su primer día de actividades. “Yo entendí a Diego. Desde que llegamos a España estábamos como amputados, pero sin diagnóstico. Como que nos faltaba algo, pero todos lo negaban. ¿Faltarnos algo? Al contrario, si lo habíamos conseguido todo: casa, papeles, mamá, qué nos podían amputar. Pues México, pensaba yo, nos amputan México. Pero México no como país, sino como lo que dicen que es saudade. Te da saudade, te enfermas, te mueres un poco. Cómo no iba a entender a Diego. ¿Qué es lo que más te encabrona de vivir aquí?, le pregunté una vez. Que ya no puedo bailar, me dijo un día. Ya no bailamos, y era verdad. Ya no bailábamos. Ya no había casa de los abuelos ni lugar para poner música a todo volumen, ni comida caliente, ya no había infancia. Habíamos dejado de ser…”.

Una escritora mexicana y una venezolana que se atreven a buscar palabras para relatar sus vivencias, que son las de tantos que puedan mirarse en sus libros convertidos en espejos. Una literatura que quiebra al más impasible o apático; unas novelas que por deber ético rompen con todo. Que escarban y exploran las heridas en lugar de esconderlas con curitas adhesivas.

Brenda y Arianna afirman que optaron por no hacerse las tontas al poner estos temas sobre la mesa, “aunque los tontos también son bienvenidos en el mundo y los necesitamos”.

“Santander es el departamento con más pueblos bonitos de Colombia”

Y no lo dice cualquier perico de los palotes. Esta afirmación sale de la boca del médico Diego Andrés RosselliCock, quien puede impresionar a propios y extraños contándoles que en las últimas dos décadas ha visitado de cabo a rabo los 1.105 municipios –1.064 de los cuales tienen acceso por carretera– que Colombia tiene desperdigados por sus 1’141.748 kilómetros cuadrados de superficie.

Este médico neurólogo, epidemiólogo, investigador y docente se volaba los viernes de la Universidad Javeriana–de donde fue profesor hasta pensionarse–, para montarse en su desvencijado campero Land Rover azul al que bautizó “Tinieblo Rezandero” (modelo 1966 y de placas ACI 767) o en el de color rojo, apodado “El CariCare” y de modelo 74, para tomar autopistas y luego trochas en la búsqueda de ciudades y pueblos, un alto porcentajes de cuyos nombres puede ser que no los haya oído jamás quien lea esta nota y piense que solo existen en Macondo, como Totoró (Cauca), El Charco (Nariño), Piojó y Ponedera (Atlántico), Distracción (Guajira), El Bagre (Antioquia), Chibolo y El Difícil (Magdalena) o el menos habitado, que es Jordán, ubicado en el desértico cañón del río Chicamocha.

Contrario a quienes ‘echan carreta’ de sus aventuras, pero no muestran ninguna evidencia, Rosselli Cock sí tiene las fotografías en la que aparece frente a la iglesia de cada una de esas poblaciones localizadas en los 32 departamentos colombianos. La otra prueba son las 248 páginas de “Mil y más pueblos: la odisea del tinieblo rezandero”, obra con el sello de Editorial Planeta que vino a presentara la XXIII Feria del Libro de Bucaramanga, con la moderación del docente de la Universidad UNAB, John Jairo Jaimes Montes.

Mompox (Bolívar), Villa de Leyva (Boyacá), Pore (Casanare), Barichara y Socorro (Santander) son cuatro de los 19 pueblos patrimonio de Colombia, “que todos los habitantes de este país deberían visitar”. Sin embargo, Rosselli Cock se atreve a afirmar que “Santander es,sin duda, el departamento con más pueblos bonitos de Colombia”. Ojo, “más pueblos bonitos”, no los más bonitos, precisó, subrayando que una gran limitante para acceder a ellos es la pésima malla vial de estas breñas.

Si pudiera desandar sus pasos regresaría, por ejemplo, a Zapatoca o Tona, que a pesar de estar tan cerca de Bucaramanga muchos lugareños por allá no se han asomado porque prefieren la rutina de subir cada fin de semana a la Mesa de los Santos. San Benito (provincia de Vélez, Santander), con su iglesia colonial muy bien preservada, sería de los lugares en los que Diego Andrés podría quedarse a vivir. También lo haría en Cumaribo (Vichada) o el Guaviare por la inmensidad de sus paisajes, atardeceres y fauna.

Entre los consejos gratuitos que deja por doquier, figuran estos dos: que cada quien debe buscar una alternativa a su vida laboral y tener otras aficiones. El otro es que los colombianos no sabemos el país que tenemos. “Inclusive yo que conozco todos los departamentos desde mi temprana juventud siempre me sorprendo al ver la cantidad de cosas que hay para aprender, las bellezas geográficas, los paisajes, las comidas, la gente, la cultura, la música, la flora, etcétera. Tenemos un país increíble y no lo hemos sabido reconocer como propio”.

No se parece en nada a esos turistas que lo primero que hacen al llegar a su destino es buscar la piscina, destapar la botella de aguardiente, poner vallenato o reguetón a todo volumen y dejar el reguero de basura.

Dice que más bien es un viajero de 68 años que todavía no se ha cansado de acumular kilómetros, sin que hasta el sol de hoy haya sido víctima de un robo, pero sí de normales varadas por el pasador de un resorte, el cigüeñal o una bujía, y de meterse en camisas de onces varas por ir a territorios donde el control no lo tiene el Estado sino grupos armados al margen de la ley. Parajes a los que ni siquiera osan meterse soldados y policías, pero Diego Andrés sí y sin pedirle permiso a nadie. Y cuando eso pudo suceder en el Catatumbo (Norte de Santander), a la siguiente oportunidad se fue oyendo al francoespañol Manu Chao con su canción “Clandestino”.

Cayó en manos de las disidencias de las FARC, las Autodefensas Gaitanistas y del ELN, pero rápidamente indagaron quién era ese ‘chiflado’ de sombrero, poncho, bordón, y lo dejaron en libertad. Le ayudaron el delfín de madera que lo protege de los rayos, los colmillos, las ‘contras’ y demás colgandejos que penden de su cuello.

La meta la coronó justamente en suelo santandereano, al conseguir en el tercer intento llegar a Santa Helena del Opón, en la provincia Comunera, donde pasó por las veredasCulebrosay Filipinas, escuchandolos relatos de la barbarie cometida por bandoleros, paramilitares y guerrilleros. En los dos primeros enviones un derrumbe y el inviernoinclemente se lo impidieron.

Luego vendrían los 37 poblados inaccesibles por tierra, como es el caso de Taraira (departamento de Vaupés), que jamás tendrá concesión vial, no hay río navegable cercano, no cuenta con rutas comerciales y precisó de contratar una avioneta para llegar en compañía de su hija Paula.

Rosselli Cock recuerda esos paseos de hace medio siglo a la costa Caribe y los Llanos Orientales, en los que se trepaban al “Tinieblo Rezandero” su padre, su madre, los nueves hermanos, una empleada doméstica, la olla, el perro y la pelota de números. Raras veces su ‘pichirilo’ fabricado en Inglaterra lo ha dejado botado y cuando eso ocurrió, se le han aparecido ángeles de la guarda que le han echado una mano.

Toda esta locura empezó en el año 2004 cuando Diego Andrés se propuso visitar las 100 ciudades y pueblos principales de Colombia y mire en lo que va…

“Si (Simón) Bolívar, (Alexander von) Humboldt o (Agustín) Codazzi hubieran tenido un Land Rover, la cosa hubiera sido otra”, acota Rosselli Cock. Enseguida suelta una carcajada, recibe un aplauso y se va a autografiar sus libros.

martes, 21 de enero de 2025

“Azul pálido”

(Esta columna de Donaldo Ortiz Latorre fue publicada el 16 de diciembre de 2024 en el periódico Vanguardia, de la ciudad de Bucaramanga)

 

Esta exposición que se realizará en la generosa Casa Cultural El Solar retrata al grandioso páramo, al abuelo y a la nieta, en las crestas de esas montañas donde habita el cóndor.

Borges cita a Theodor Fechner, un filósofo alemán, que pensaba que todo tiene vida y esa vida estaría dormida en las piedras; luego en las plantas de las cuales “podemos suponer que sueñan”, hasta llegar a los animales que, como las aves, pueden traer mensajes de otros mundos. Las hormigas y abejas milenarias deben tener sueños de otras colonias que se repiten en este maravilloso mundo que tiene luna y sol y en el que corre Dios como agua. “El agua es Dios corriendo”, pero el Homo Sapiens (Hombres sabios) es demasiado autodestructivo como para valorarlo.

Estamos al borde de un colapso ecológico “causado por el mal uso de nuestro propio poder”, palabras del profeta y científico judío, Yuval Harari. Aunque hemos acumulado poder e información del mundo nuestro y de galaxias remotas no somos sino el punto “azul pálido” de Sagan. “Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. La suma de nuestras alegrías y sufrimientos, cada héroe y cobarde, cada rey y campesino, cada madre y padre, cada político corrupto, vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La tierra no deja de ser un “punto pálido azul y bello” en la arena cósmica. No somos nada, sino seres pretenciosos que despreciamos todo, mientras nos matamos los unos a los otros. Pronto nos convertiremos en una “Torre de Babel”. Con todos los adelantos nos seguimos preguntando ¿por qué destruimos todo? Mares, nevados, montañas, seres humanos.

En esa pretensión, Arabia Saudita, construye una ciudad lineal de 170 km alejada de la polución y de los demás seres humanos (un mundo cada vez más desigual e inestable). Una ciudad marciana, una nueva Babilonia. Costará 500 mil millones de dólares. Cada edificio de 500 metros de alto, todos juntos, con una gran muralla de espejos, “llena de robots hogareños, una playa con aguas luminosas en la noche.

Todo esta introducción para hablar de la exposición: “Santurbán a paso de Molano” con bellas fotografías y textos de Pastor Virviescas, que se subió al Páramo de Santurbán hace 12 años con Alfredo Molano, “ese personaje andariego de tenis de tela, y que llegó a tener 126 pares.

Subieron a 3.550 metros sobre el nivel del mar, mientras “Antonia, su nieta, volaba fresca como un colibrí disfrutando ese frágil ecosistema”. Esta exposición que se realizará en la generosa Casa Cultural El Solar retrata al grandioso páramo, al abuelo y a la nieta, en las crestas de esas montañas donde habita el cóndor.



El Páramo de Santurbán a paso de Alfredo Molano

(Esta nota la publiqué en el periódico Vanguardia, de la ciudad de Bucaramanga, el 15 de diciembre de 2024)

Fotografías inéditas del renombrado escritor bogotano, que estuvo en el páramo acompañado de su nieta Antonia, y dejó para la historia dos conmovedoras cartas.

El nombre de Alfredo de la Cruz Molano Bravo (1944-2019) genera admiración entre los miles de lectores que saben que este sociólogo, historiador y periodista es de los pocos con conocimiento para hablar de la realidad colombiana porque recorrió el país de cabo a rabo, ya fuera a pie, en chalupa, flota intermunicipal o a lomo de mula.

Pero para quienes no lo sepan, este bogotano escribió obras como “Los años del tropel: relatos de la violencia”, “Trochas y fusiles”, “Selva adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare” y “Ahí les dejo esos fierros”, por solo mencionar cuatro de los más de 30 textos de consulta obligatoria para el que pretenda aproximarse a las raíces y el devenir de tantos conflictos que nos han desangrado.

Capítulo aparte es “Cartas a Antonia”, las conmovedoras reflexiones y enseñanzas de un abuelo a su nieta. Son 311 páginas editadas por Penguin Random House, las cuales después de su partida al infinito fueron compiladas por su hijo Alfredo Molano Jimeno, hasta hace unos meses reportero de El Espectador, diario en el que su padre también brilló como columnista y cronista, así por ello lo intimidaran y tuviera que marcharse al exilio.

Molano Bravo “estuvo unos siete u ocho años viviendo, o mejor, sobreviviendo, fuera de Colombia por cuenta de que a Carlos Castaño le parecía que su pluma era más peligrosa que la guerrilla, y lo sentenció con algunas cartas amenazantes, entre ellas una escrita en la primera página de El libro negro del comunismo”.

La pluma de ese hombre corajudo y frentero, alumno en la Universidad Nacional de íconos como Orlando Fals Borda y Camilo Torres Restrepo, es la que plasmó en tinta y papel tantos testimonios recogidos en las montañas y selvas, los cuales retratan con lujo de detalles los variopintos fenómenos sociales colombianos, con los campesinos y colonos como fuentes imprescindibles.

Ese personaje andariego de tenis de tela (llegó a tener 126 pares), chaleco de lana y mochila fue quien el 2 y 3 de diciembre de 2012 subió hasta Berlín, Silos, Vetas con sus lagunas, California, Suratá y Matanza siguiéndole el rastro al tema del páramo de Santurbán y al espinoso asunto de la megaminería. Pero no lo hizo solo. Estuvo acompañado de su nieta Antonia, quien por la época tenía seis años, así como de la activista Alix Mancilla y un periodista intruso que no hacía más que observar cada detalle y disparar su cámara, incrédulo de semejante visita.

De ese extenuante recorrido en el que la falta de oxígeno en sitios de hasta 3.550 metros sobre el nivel medio del mar le fatigaba, mientras Antonia volaba fresca como un colibrí disfrutando ese frágil ecosistema, quedaron al menos 700 fotografías que los muestran dichosos, pero a la par inquietos porque en ese momento, como ahora, no se sabe con certeza si primará la necesidad de preservar –por encima de todo– esa fuente de vida o si se impondrá el interés extractivista, aupado por quienes aseguran que es imposible no aprovechar tanta riqueza de oro, plata y otros metales acumulada en esas cumbres borrascosas, que ha deslumbrado y hasta enceguecido a tantos lugareños y buscadores de tesoros desde el desembarco hace 532 años.

Esas imágenes permanecieron 12 años guardadas junto a millones de paisajes y rostros en un hermético disco duro, hasta que llegó el momento, de manera súbita como aparecen y se esfuman las densas nubes, de seleccionarlas, ampliarlas y documentarlas para una conmovedora exposición que se abre este domingo 15 de diciembre en la Casa Cultural El Solar, ubicada en la calle 34 # 8 – 10.

Son 35 fotografías en las que se muestra a un hombre de 68 años desviviéndose por su nieta, quien por las circunstancias del momento adoptó el nombre de Violeta para así caminar desapercibidamente por esos riscos repletos de frailejones y nacimientos de agua, bajo la mirada recelosa de los que se preguntan por qué tantos forasteros se interesan por conocer y defender el páramo.

“Fue tanto el amor y el miedo que tenía de no poder estar para ella cuando fuera adulta, que hace años decidió escribirle un libro”. Y es que “Cartas a Antonia” aparte de una bitácora de recuerdos, es el compendio de las enseñanzas y reflexiones que Alfredo le dejó a su nieta, pero también a quienes de la mano de sus descendientes y amigos recorran esta exposición que en tiempos de Navidad se convertirá en un alimento para el alma, así como un espacio didáctico para enamorarse irremediablemente del páramo de Santurbán.



De Ciudad Norte a Barcelona y Madrid

(Esta crónica la publiqué el 30 de junio de 2024 en el periódico Vanguardia, de la ciudad de Bucaramanga, Colombia)

El destino unió a una joven colombiana mutilada por las minas antipersona con un laureado corresponsal de guerra español, quien con sus libros y exposiciones les pone rostro a miles de víctimas en el mundo.

La vida de Mónica Paola Ardila en San Pablo (sur de Bolívar) transcurría como la de cualquier niña campesina de siete años que cada tarde regresa dichosa de la escuela. Pero ese 21 de febrero de 2003 un episodio fatal le destrozaría su cuerpo y sus ilusiones.

Al sentir la necesidad de orinar, se desvió a un matorral, tropezó y activó una mina antipersona. La explosión la dejó ciega y le cercenó la mano derecha, así como tres falanges de la izquierda, provocándole cicatrices imborrables en su cara y pecho.

De ahí en adelante empezó una pesadilla que jamás concluirá, pasando por maltrato, violación, intentos de suicidio y abandono, más la condición misma de miles de personas que en el conflicto armado interno han sido blanco de estos enemigos ocultos cuya fabricación no vale más de tres dólares, y que han sido sembradas por guerrilleros, paramilitares y el propio Ejército regular.

Y si los ángeles de la guarda existen, el fotoperiodista español Gervasio Sánchez encabeza la lista, ya que al enterarse de este insuceso ha venido con frecuencia a Colombia y le ha hecho tal seguimiento al caso que en esta ocasión permaneció diez días en Bucaramanga visitando a Mónica Paola, que acaba de ser madre del niño Denil Dael, a quien se aferra en su casita del barrio Villa Rosa (adquirida con la indemnización del Estado).

‘Gerva’ es el autor del libro “Vidas Minadas, 25 años”, cuya impecable edición de 2,8 kilos presentó junto al actor danésestadounidense Viggo Mortensen (Aragorn en la película “El señor de los Anillos”) en Madrid, ciudad en la que las imágenes de Mónica Paola forman parte de la exposición de amputados por minas en Camboya, Afganistán, Irak, El Salvador, Nicaragua, Angola y Mozambique, que ha estado abierta en la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes, lo mismo que en el Palau Robert (Barcelona), La Lonja (Zaragoza) y el Museu Valencia d’Etnologia (Valencia).

Para Gervasio las víctimas no son meras cifras. Con el mayor profesionalismo y respeto, él muestra sus cuerpos mutilados, narra su dolor, relata su superación y nos sensibiliza frente al horror de las guerras, “que no terminan cuando se firma un pedazo de papel ni cuando Wikipedia lo dice”.

Gervasio ya retornó a España. Fue a su casa en Zaragoza, abrazó a su esposa Choco y su hijo Diego, con quienes se marchó a disfrutar del concierto de Bruce Springsteen, en una cortísima pausa que le permite su oficio de corresponsal de guerra y colaborador de medios como El Heraldo, de Aragón, y la cadena SER. El 4 de julio partirá a Croacia, y de allí vendrá a cubrir las elecciones presidenciales en Venezuela, para luego marcharse a Ucrania y después a quién sabe qué conflicto donde no lo han llamado.

Lugares todos en los que el retrato de Mónica Paola, junto a los de Sofía Elface Fumo, Justino Pérez, Joaquina Natchilombo, Adis Smajic, Mao Rattanak, Fanar Zekri, Sokheurm Man y Medy Ewaz Alí, entre tantos otros, permanecerán en su mente por cuanto ya está preparando la exposición “Vidas Minadas 50 años”, que tendrá lista para 2049 porque está convencido que contará el cuento hasta los 104 años, con la vitalidad propia de aquellas temporadas de mesero en las playas de Tarragona y estudiante de periodismo.

Un ejercicio impecable que inspira a que escritores como la renombrada Irene Vallejo Moreu, autora de “El infinito en un junco” y “El silbido del arquero”, manifieste: “Aunque la fotografía es un arte mudo, posee una asombrosa capacidad para dar voz. Las extraordinarias imágenes de Gervasio hablan el lenguaje proscrito de los supervivientes silenciados. Su mirada desvela rostros que, a lo largo de los años, vida tras vida, disparo a disparo, retrato a retrato, narran una historia secreta, plasman biografías rotas. Estas instantáneas expanden el tiempo para convertirse en relatos de esperanzas segadas. Resuenan, cuentan, contienen la reverberación de un dolor antiguo que sigue palpitando. En silencio, claman”.

O que el reportero estadounidense Jon Lee Anderson, maestro de la Fundación Gabo de Periodismo y quien ha publicado libros como “La caída de Bagdad”, diga: “Con su presencia inquieta y llena de empatía, Gervasio –una ‘peste’ con un corazón enorme– nos recuerda la importancia de la conciencia moral”, recordando que el obstinado e incómodo Sánchez ha tenido los pantalones para levantarse ante políticos españoles de diferentes pelambres para denunciar la hipocresía de su gobierno con las ventas internacionales de armamento.

Gervasio va y viene. Regresa a donde los fantasmas no permiten que otros colegas se asomen de nuevo. En su hombro cuelga un pesado morral con la cámara que no desampara. A la mano lleva el computador y el celular con los que monitorea día y noche el acontecer mundial y los partidos del que insiste en llamar ‘el mejor equipo del mundo’, porque eso cree del combinado de su país. El resto de su equipaje son un par de camisas y pantalones, unas pantuflas, así como un pequeño tarro de champú y otro de jabón del último hotel en el que estuvo, y una carpeta con dietas que no acata. El cupo lo completa con paquetes de jamón ibérico y fuet catalán para obsequiarle a sus anfitriones. Queso no, porque lo detesta y es alérgico.

Así es la existencia de este cordobés ganador de 30 premios entre los que se cuentan el Ortega y Gasset y el Rey de España, quien con “Vidas Minadas, 25 años”, lanza un grito desgarrador contra una terrible injusticia y un drama diario, el luchador sin máscara contra el cinismo y la hipocresía de gobernantes que se refugian en la falta de transparencia y la impunidad, “incapaces de tomar las decisiones trascendentales que sirvan para poner fin a tantas tragedias ocultas en el gran negocio de la guerra y la muerte”.



Confirmado: Los Corraleros de Majagual no se cansan

(Esta crónica la publiqué el 8 de septiembre de 2024 en el periódico Vanguardia, de la ciudad de Bucaramanga)

Todo era oscuridad y silencio. Hasta que un día, hace 62 años, se juntaron las voces de leyendas como Calixto Ochoa, Eliseo Herrera, Julio Ernesto Estrada ‘Fruko’, Lisandro Mesa, Chico Cervantes y Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital (Sucre, 1943). Ahora son Dino, Walfredo y Alfredo, tres de los 12 hijos del triple rey vallenato, quienes mantienen vivo el nombre de Los Corraleros de Majagual, la agrupación que puso a bailar durante dos horas a más de 650 asistentes a la clausura de la XXII Feria del Libro de Bucaramanga, de la Universidad UNAB.

Pronunciar esa cuatro palabras es caer de inmediato en la tentación de subir el volumen para gozar el Festival en Guararé, La paloma guarumera, La burrita, El vampiro, Cumbia saramuya, Del tingo al tango, Pajarito platanero y Los sabanales, dentro de un repertorio interminable de éxitos que suenan sin cesar tanto en diciembre como en cualquier mes u ocasión del año y que se han transmitido por generaciones de costeños y cachacos que van a la fija cuando en sus juergas Los Corraleros de Majagual mandan la parada.

Horas antes de acostarse en la tarima del Gran Salón de Neomundo para divertirse al estilo desparpajado de su padre interpretando uno de los ocho acordeones marca Hohner que trastean a cada presentación, Walfredo se sentó al lado de Dino para contar recuerdos y secretos de un combo al que no le faltan astutos imitadores que se promocionan como si de los originales se tratara.

Avión, bus, chalupa o caballo los han llevado por todos los rincones de la geografía nacional desde sus inicios en 1962, alentados por Antonio Fuentes (fundador de Discos Fuentes) y adoptando esa denominación como un homenaje a la Plaza Majagual, de Sincelejo (Sucre), y las famosas corralejas de cada 20 de enero.

“De niñitos era frecuente ver a Calixto, Eliseo y Lisandro ensayando en un quiosco del patio de nuestra casa y convivir con ellos. Eso sirvió de mucho porque cuando fuimos llamados a Los Corraleros de Majagual había una familiaridad con esa música”, afirma Dino.

De forma espontánea y a capela tararean: “Pupún-sipigapa Ripi-ripiyopo Mepe-quepe-mopo Lapa-ropo-papa Popo-repe-sopo Mapa-nohe-pelapa Mepe-quepe-mopo Lapa-ropo-papa Sipigapa ripi-ripiyopo Fue por loco quepe-mopo Sipigapa ripi-ripiyopo Meque-mopo la-ropapa”. Es la letra de “La adivinanza”, que en la cadencia de su jeringonza significa: un cigarrillo me quemó la ropa. Una tarea que le queda al oyente porque en la canción no lo dicen explícitamente.

“Hay que entender que el formato de Los Corraleros de Majagual es único e inigualable en la historia musical de Colombia, porque es un grupo en el que no hay un solista nada más sino varias figuras. Imaginen juntos a tantas estrellas que compaginaban de tal manera y que hicieron que la agrupación siga tan vigente con sus éxitos como si hubieran salido ayer”, señala Walfredo.

Son tantas las canciones que para cada concierto deben rescatar, investigar y ensayar incontables letras que conservan sus fanáticos en sencillos o discos de larga de duración que se hacían en vinilo, las cuales les reclaman en Bogotá, Santander o México, país en el que cuentan con miles de seguidores. Solo a modo de referencia hay que decir que del 15 Festival Nacional de la Mejorana, el distrito panameño de Guararé ya va por la edición 75. “Tendrían que invitarnos a siete Ulibro más para que pudiéramos medio tocarles el grueso de nuestro repertorio”, dice Walfredo y después suelta una carcajada.

Lo corralero es una combinación de la música de bandas y la de acordeón sabanera, según sostienen entendidos como Darío Blanco, quien atribuye a esta agrupación un papel protagónico en la difusión y adopción de la música caribeña colombiana en Latinoamérica, con Alfredo Gutiérrez a la cabeza. Aparte del acordeón, los otros instrumentos que hacen posible su parranda en ciudades como París, Bruselas o Ámsterdam son trombón o bombardino, saxofón, bajo electrónico, congas, caja vallenata, guacharaca, timbal, platillos y cencerro.

El periodista cultural, escritor y moderador Juan Carlos Garay Acevedo, de la Radio Nacional de Colombia, lo subraya: “Los Corraleros de Majagual no son solamente una orquesta del pasado, sino que está muy viva y presente”, rememorando sus raíces descomplicadas y alegres.

Se agotarán primero el infatigable conejo rosado y las pilas Duracell que los integrantes de Los Corraleros de Majagual. Dino, Walfredo y Alfredo, con su ‘manager’ Tony Cabarcas y los demás integrantes, tienen cuerda para sobrepasar con tanto derroche de energía los 81 años de su padre, ‘El rebelde del acordeón’.

“¡Nos fuimos!”, dijo hace décadas Chico Cervantes, y lo repite Dino, cabeza del equivalente a La Sonora Matancera, como fue el sueño de Antonio Fuentes. Su legado perdurará con la fundación musical que funciona en Sincelejo, con el propósito de sembrar esa semilla de la Dinastía Gutiérrez en niños de 5 a 15 años a quienes acogen con los brazos abiertos.

Se agotarán primero el infatigable conejo rosado y las pilas Duracell que los integrantes de Los Corraleros de Majagual. Dino, Walfredo y Alfredo, con su ‘manager’ Tony Cabarcas y los demás integrantes, tienen cuerda para emular con tanto derroche de energía los 81 años de su padre, ‘El rebelde del acordeón’.